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Capítulo 161:
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Melanie soltó una risita de impotencia y miró de nuevo a Vincent.
Él volvía a dar un sorbo a su taza, actuando como si la conversación no tuviera nada que ver con él.
Los guardias restantes salieron en silencio del estudio, dejando solo a Carlton atrás.
Su presencia se hacía sentir en la habitación, imposible de ignorar.
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—Por cierto, Melanie, ¿de qué querías hablar conmigo? —preguntó Vincent, dejando a un lado su taza y mirándola.
Ella volvió a sentarse frente a él y, tras varios segundos de silencio, respondió: —Quiero aprender a disparar.
La mano de Vincent se quedó paralizada por un instante alrededor de la taza.
«El incidente en el callejón». Melanie bajó la mirada hacia sus manos. «Cuando tenía la pistola, me temblaban tanto las manos que no podía mantener los dedos firmes».
Abrió y cerró lentamente las manos, y su voz se volvió más firme al añadir: «No quiero volver a sentirme tan indefensa».
Vincent se quedó en silencio un momento, con la mirada fija en su rostro, antes de asentir y decir: «Tienes razón. Es algo que deberías aprender».
Se giró, abrió un compartimento oculto debajo de su escritorio, sacó un estuche negro alargado y lo deslizó por la mesa hacia ella.
Melanie observó el estuche con curiosidad antes de levantar la vista hacia él.
«Ábrelo», dijo Vincent.
Melanie levantó la tapa y encontró en su interior una pistola semiautomática compacta, diseñada específicamente para mujeres: ligera, elegante y fácil de manejar.
«La tenía guardada para ti. Solo estaba esperando a que me la pidieras», dijo Vincent.
Melanie cogió la pistola con movimientos torpes e inseguros, sin tener ni idea de cómo sujetarla correctamente, y solo pudo darle vueltas entre las manos.
Vincent rodeó el escritorio para situarse detrás de ella. Con una mano le rodeó la muñeca y con la otra le sujetó el codo, levantando lentamente el cañón.
El cañón apuntaba hacia Carlton, que se encontraba a varios metros de distancia.
Carlton permanecía perfectamente inmóvil, con la respiración uniforme y controlada, sin mover ni un solo músculo.
En ese momento, a Melanie se le subió el corazón a la garganta, aterrorizada ante la idea de apretar el gatillo accidentalmente.
La mano de Vincent se posó sobre la de ella, ajustando poco a poco su agarre mientras le indicaba: «Relaja la muñeca. No la sujetes con tanta fuerza. Dobla ligeramente el codo. Así, exactamente así».
A continuación, le sujetó el brazo y se lo volvió a ajustar, indicándole: «Por ahora, no pongas el dedo en el gatillo. Aprende a controlarlo antes de tocarlo. No te precipites. Domina primero lo básico. Mantén la respiración tranquila. Apunta mientras inhalas y aprieta el gatillo mientras exhalas».
La palma de Melanie se humedeció de sudor al sentir el frío metal presionando contra su piel.
«Ahora sígueme», dijo Vincent, cubriendo sus dedos con los suyos y guiando con cuidado su mano mientras apretaba el gatillo.
El seco chasquido del martillo vacío resonó con claridad por todo el estudio.
Melanie exhaló profundamente, liberando la tensión de su cuerpo, y solo entonces se dio cuenta de que se le había formado una fina capa de sudor frío en la espalda.
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