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Capítulo 897:
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Una cinta policial amarilla descolorida, quebradiza por el paso del tiempo, ondeaba en un poste. El silencio era absoluto, solo roto por el repiqueteo de la lluvia sobre el techo del coche.
Isolde empujó la puerta para abrirla. Una ráfaga de viento y lluvia helada la azotó, empapándole al instante el abrigo.
Se volvió hacia su ayudante, cuyo rostro era un óvalo pálido a la luz del salpicadero. «Conduce dos manzanas más allá y aparca. Si no salgo en treinta minutos, llama a la policía. Llama a todo el mundo. ¿Lo entiendes?«
Él asintió, con la garganta moviéndose. La observó mientras ella se daba la vuelta y caminaba hacia las fauces oscuras y abiertas del almacén: una figura solitaria que se movía con la sombría determinación de un soldado que marcha hacia la horca.
Respiró hondo para tranquilizarse, con la mano derecha agarrando la empuñadura de la Glock que llevaba en el bolsillo del abrigo. Se deslizó a través de la puerta metálica, parcialmente abierta, que chirriaba.
El aire del interior estaba cargado con el olor a aceite viejo, moho y óxido. Unas pocas luces de emergencia parpadeaban en lo alto, proyectando sombras largas y danzantes sobre el suelo.
Se movió en silencio, utilizando las formas descomunales de la maquinaria en desuso como cobertura, mientras sus ojos se adaptaban rápidamente a la penumbra.
Un sonido. Un pequeño sollozo ahogado procedente del extremo más alejado de aquel espacio cavernoso.
𝘛𝘳𝘢𝘥𝘶𝘤𝘤𝘪𝘰𝘯𝘦𝘴 𝘥𝘦 𝘤𝘢𝘭𝘪𝘥𝘢𝘥 𝘦𝘯 𝘯𝘰𝘷𝘦𝘭𝘢𝘴4𝘧𝘢𝘯.𝘤𝘰𝘮
Effie.
A Isolde se le encogió el corazón. Aceleró el paso; sus zapatos de suela blanda no hacían ruido alguno sobre el hormigón mugriento, rodeando un enorme depósito cilíndrico.
La escena que se presentó ante ella la hizo detenerse en seco. Sus pupilas se contrajeron hasta convertirse en puntos minúsculos.
Effie estaba allí, atada a la silla, tal y como aparecía en la foto. Pero a dos metros de distancia había otra silla. Y otro niño.
Kaiden.
Tenía la cara magullada y el labio partido. Estaba encorvado hacia delante, con el cuerpo temblando sin control.
La mente de Isolde iba a mil por hora, las piezas se negaban a encajar. Si Belle había contratado a esos hombres, ¿por qué se llevarían a su propio hijo?
Unos pasos pesados resonaron desde una pasarela metálica en lo alto: el sonido de botas de combate de tipo militar.
—Señora Carson. Es usted aún más puntual de lo que esperaba. El amor de una madre es algo poderoso. —La voz era grave, con un marcado acento de Europa del Este.
Tres hombres salieron de las sombras de la pasarela. Llevaban chalecos tácticos negros y pasamontañas, con los rostros completamente ocultos. No llevaban pistolas. Empuñaban metralletas compactas equipadas con silenciadores y miras de punto rojo.
La sangre de Isolde se le heló en las venas. Aquello no era un simple secuestro. No era obra de Belle. Se trataba de un equipo profesional de mercenarios paramilitares.
—Mamá… —El gemido de Effie rompió el tenso silencio.
Isolde se obligó a salir de detrás del tanque. Levantó las manos lentamente para mostrar que estaban vacías, manteniendo la pistola oculta en el bolsillo.
«Estoy aquí», dijo con voz firme, sin dejar traslucir ni una pizca del terror que le devoraba por dentro. «Dejad ir a las niñas. Decid vuestro precio. Haré la transferencia ahora mismo».
El líder soltó una risa breve y áspera. Empezó a bajar por las escaleras metálicas, con pasos deliberados y amenazantes. «La mujer que nos contrató —Belle— nos pagó una pequeña suma. Para tiraros a ti y a tu hija al East River».
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