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Capítulo 224:
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Isolde atravesó los escombros, su mirada recorriendo el desorden sin un atisbo de emoción. Hace un año se habría puesto de rodillas a fregar, desesperada por mantener la ilusión de un hogar perfecto. Hoy, simplemente pasó por encima de un camión de plástico y se dirigió al balcón.
Su teléfono vibró en el bolsillo. Profesor Eldridge Nelson.
Deslizó la puerta para abrirla, salió al aire fresco de la mañana y contestó. «¿Profesor?».
«Sophia», la voz de Nelson sonó cálida y enérgica, utilizando el nombre que no había oído en años: su segundo nombre, el que usaba en sus trabajos académicos. «¿He oído un rumor de que te has hecho con el proyecto Orbital?».
Isolde se apoyó en la barandilla, contemplando el horizonte de la ciudad. «Sí, profesor. Aunque ahora mismo estoy atrapada en algunas trivialidades domésticas».
—¿Trivialidades? —se burló Nelson con suavidad—. No dejes que las trivialidades entierren tu talento. El Instituto está lanzando una nueva iniciativa: un proyecto de hábitat en el espacio profundo. Necesitamos un arquitecto jefe. Alguien que entienda que una estructura es un receptáculo para la vida, no solo una caja de metal. Te quiero a ti, Sophia.
El corazón de Isolde dio un vuelco. El viento le apartó el pelo de la cara y, por un momento, se sintió más ligera. «Profesor, me halaga. Pero mi situación actual… mi vida es un poco un desastre».
«El estatus es lo que tú defines que sea», la interrumpió Nelson con firmeza. «Tú eres Isolde Carson. Eres Sophia. No dejes que un hombre —o su familia— defina tu trayectoria. Eres una estrella, querida. Brilla con fuerza».
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Isolde apretó el teléfono con más fuerza. Las palabras tocaron algo en lo más profundo de su ser, resonando en los espacios vacíos donde antes estaba su paciencia.
«Lo pensaré. Gracias, profesor».
Colgó y se quedó mirando al horizonte. La niebla se había disipado, dejando el cielo de un azul penetrante e ilimitado. Una chispa de esperanza, dormida durante mucho tiempo, comenzó a encenderse en su pecho. No era solo una esposa abandonada o una madrastra fracasada. Era una arquitecta del futuro.
Volvió al salón, con la determinación cada vez más firme, y se percató del silencio. Era repentino y sospechoso. Kaiden se había ido.
Isolde frunció el ceño. No quería que le importara, pero su acuerdo con Grayson le obligaba a mantener vivo al chico. Recorrió el pasillo, revisando las habitaciones, hasta llegar al estudio.
La puerta estaba entreabierta. Dentro, Kaiden estaba sentado con las piernas cruzadas en el suelo, con unas tijeras afiladas en la mano, cortando furiosamente un ovillo de suave tela azul.
Isolde se quedó paralizada.
Era un jersey. No un jersey cualquiera: el que ella había tejido hacía tres años, cuando estaba embarazada de Effie. Recordó las largas noches, con la espalda dolorida y los dedos hinchados, tejiendo cada punto como una silenciosa plegaria por la hija que acabaría perdiendo. Lo había guardado en un baúl de cedro, un recuerdo de amor y dolor.
Ahora yacía hecho jirones en el suelo. El hilo azul cubría la alfombra como venas cortadas.
«¡No queda nada!», murmuró Kaiden, cortando una manga en tiras. «¡Mamá Belle dijo que todo esto es basura! ¡Basura!».
Isolde lo observó, con el rostro impenetrable. Una extraña calma la invadió: sin ira, sin impulso de gritar, solo una claridad tranquila y gélida.
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