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Capítulo 842:
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Aunque Corey estaba justo fuera, Gemma se sintió de repente pequeña, una sensación de inquietud se apoderó de ella. Instintivamente se encogió de nuevo en la silla. El médico la miró brevemente, con el rostro oculto tras una máscara, pero con rasgos afilados. Sus ojos, fríos e intensos, se cruzaron con los de ella, provocando una oleada de nerviosismo en Gemma.
Intentando estabilizar la respiración, le entregó el papel sin mirarle a los ojos. El médico lo cogió y sus manos enguantadas se movieron con eficacia.
«¿Gemma Hampton? Está aquí para un electrocardiograma».
Gemma asintió.
«Sí.
El médico no la miró mientras tomaba asiento, de espaldas a ella.
«Túmbese y levántese la camisa», le indicó.
Gemma dudó. No estaba acostumbrada a este tipo de procedimientos y la idea de levantarse la camisa le resultaba incómoda. En su lugar, optó por desabrocharse los botones superiores, esperando que fuera suficiente.
Sin embargo, el médico no se dejó impresionar. Frunció el ceño y la miró.
«¿No te he dicho que te levantes la camisa?».
Gemma sintió una oleada de incomodidad. Su dura actitud la puso nerviosa, pero trató de mantener la voz firme.
«¿No puedo hacerlo sin más?».
«No», dijo él sin rodeos, con voz fría.
«Sigue las normas».
Las mejillas de Gemma se sonrojaron de rabia y vergüenza. Nunca se había sentido tan expuesta delante de un hombre, aunque sabía que se trataba de un entorno médico y que no debería haber diferencias de género. Aun así, su falta de compasión la inquietaba.
Respirando hondo, se levantó la camisa de mala gana, exponiéndole su piel.
El médico le colocó los electrodos sin mediar palabra. El frío metal la hizo estremecerse y su pecho tembló involuntariamente.
Durante un breve instante, el médico vaciló. Sus ojos parecían clavarse en ella y una expresión de desagrado se dibujaba en sus facciones.
Ella se sonrojó y se rodeó instintivamente con los brazos, deseando que el procedimiento terminara pronto. Finalmente, el médico terminó y dio un paso atrás.
«Ya puede levantarse. Espere fuera el informe», dijo con desdén.
Gemma, aún inquieta por su actitud, pensó en presentar una queja. Pero cuando trató de echar un vistazo a la etiqueta con su nombre, sólo pudo fijarse en su musculatura bajo el abrigo, que sólo le hacía parecer más intimidante. Suspiró para sus adentros, sintiéndose pequeña.
Cuando se disponía a marcharse, el médico la llamó con un tono inesperadamente curioso.
«¿Ese tipo de ahí fuera es tu hermano?».
La expresión de Gemma se suavizó ligeramente, y el orgullo se coló en su voz.
«Sí.
«Espera a que acabe tu turno. Corey te daría una paliza», dijo en su fuero interno.
El médico asintió rápidamente.
«Ya puedes irte».
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