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Capítulo 783:
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En la habitación del hospital, Alicia seguía bajo los efectos de la anestesia de la operación y yacía plácidamente inconsciente. Solo su pálido y delgado mentón era visible bajo las hileras de vendas que cubrían su rostro.
Caden estaba sentado junto a ella, medio arrodillado. Cogerle la mano y sentir su calor reconfortó sus nervios crispados. Seguía viva. Ese hecho por sí solo era más importante que cualquier otra cosa.
Acunando la mano de ella contra su mejilla, Caden bajó los ojos y se le saltaron las lágrimas. Se quedó mirando una sola lágrima con asombro. No había derramado lágrimas desde la muerte de su madre. No es que los hombres no lloren, es que no se les había llevado al límite, hasta ahora.
El suave sonido de una tela moviéndose llamó su atención. Levantó la vista y vio los ojos de Alicia abiertos, enrojecidos y fijos en él.
Con el corazón de Caden palpitando y la voz áspera y apenas audible, susurró: «Suerte».
La mirada de Alicia estaba cansada, sus pupilas sin vida. Era una faceta de él que nunca había visto antes, una que lo hacía parecer casi irreconocible. Su rostro era el mismo, pero seguía siendo alguien a quien ella amaba profundamente. Sin embargo, lo despreciaba con la misma intensidad.
Ese resentimiento dejó un silencio hueco entre ellos. Era como si su corazón hubiera dejado de latir.
El cansancio se apoderó de ella y sus párpados volvieron a caer.
«Ve a ver cómo está el bebé», murmuró débilmente.
Caden se quedó momentáneamente sin habla, con la boca abierta pero en silencio. Su hijo había nacido apenas una hora antes. La diminuta figura, inmersa en sangre, latía pero no era más grande que un dedo meñique.
Siguiendo las instrucciones de la familia Ward, el hospital conservó el feto en lugar de deshacerse de él. Cuando Caden vio el pequeño cuerpo, su forma ya no era reconocible y sus rasgos estaban borrosos. Se quedó allí, tieso como una tabla, mirando sin pestañear.
Había acariciado hermosos sueños con él. Debía nacer sano y salvo, crecer sano y convertirse en el orgullo de la familia Ward. Su partida impulsiva lo había reducido a una trágica mancha de sangre, frío y abandono.
Mientras la habitación parecía dar vueltas, Caden agarró al doctor por el cuello, con la voz áspera por la ira.
«Con todo el dinero que me he gastado, ¿cómo has podido dejar que pasara esto? ¿Por qué no pudiste salvar a mi hijo?».
El médico permaneció quieto, respondiendo con calma: «Sr. Ward, no es que careciéramos de medios. Podríamos haber intentado salvar a un feto de dos meses en una incubadora. Pero el feto había dejado de desarrollarse antes del accidente de coche de la señora Bennett».
Caden se quedó desconcertado, sus ojos, rojos y salvajes, ya no ardían de orgullo o furia, sino que estaban apagados, como sofocados por un demonio interior. Estaba completamente consumido por su agonía.
Este día había sido planeado como una celebración de su compromiso. Sin embargo, en lugar de asistir a la fiesta con Alicia, había viajado al extranjero, dejándola sola a la espera de su regreso.
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