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Capítulo 1196:
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La escena íntima del restaurante se repetía en bucle en la mente de Laney. Las lágrimas amenazaban con brotar mientras su voz se quebrantaba. «Nunca le ha comprado regalos a sus otras citas concertadas y nunca las ha hecho reír».
Laney esbozó una sonrisa amarga. La verdad tácita pesaba mucho: Cliff tampoco la había hecho reír nunca. Pero Juliet era diferente, especial. Su compatibilidad era innegable, como dos piezas de un rompecabezas perfecto.
La realidad se derrumbó sobre Laney: ¿qué podía ofrecer ella, una chica sencilla, a alguien como Cliff? Su propio afecto parecía repelerlo. Una profunda tristeza se apoderó de ella.
Después de acompañar a Juliet a casa, Cliff escribió un mensaje informal a Laney sobre sus planes para la cena.
Laney no respondió.
Al llegar a casa, los pies de Cliff lo llevaron instintivamente a la puerta de Laney. La inesperada resistencia de la puerta cerrada lo detuvo en seco. Su mano se quedó suspendida en el aire, a punto de llamar, antes de caer al darse cuenta.
Esto no era propio de Laney: la puerta cerrada y el mensaje sin respuesta. Algo había cambiado en su delicado equilibrio, y lo sentía profundamente. La necesidad de entenderlo lo llevó a buscar a Gerry.
Gerry había estado esperando, listo para desentrañar los acontecimientos de la noche con cuidadosa precisión.
«Si no hay nada ilícito en tus encuentros con Juliet, ¿por qué ocultarlos en secreto?». La voz de Gerry tenía un toque de desafío.
El rostro de Cliff se ensombreció. Sus dedos jugueteaban con la corbata, buscando alivio de la tensión sofocante en su pecho, pero no lo encontraron. Haciendo a un lado las preguntas inquisitivas de Gerry, ordenó con urgencia apenas contenida: «Haz que abra la puerta. Encuentra la manera, cualquier manera».
Dentro de su dormitorio, Laney estaba sentada en su mecedora, viendo una y otra vez el vídeo de su amada actuación de ballet. Sin embargo, incluso este apreciado pasatiempo le parecía vacío esta noche, sus pensamientos consumidos por Cliff.
En ese momento, el repentino golpe en su puerta la sacó de su ensoñación.
Recobrando la compostura, gritó: «¿Quién es?».
«Laney, soy yo». La voz de Gerry se filtró.
Laney se sintió aliviada al oír que no era Cliff, aunque le invadió una punzada de decepción. Se puso un abrigo y se dirigió a la puerta.
Su corazón se detuvo. Allí, imponente tras el alto cuerpo de Gerry, estaba Cliff. Se quedó paralizada, y su primer instinto fue cerrar la puerta de golpe.
La mano de Cliff se extendió para atraparla, y Laney, temiendo hacerle daño, aflojó el agarre. Ese momento de vacilación fue todo lo que necesitó para entrar.
«Cliff, si necesitas hablar, hazlo fuera». Gerry intentó mediar, dando golpecitos en el marco de la puerta.
Los ojos de Gerry mostraban un gran interés por el siguiente movimiento de Cliff.
Sin embargo, Cliff hizo clic en la cerradura.
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