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Capítulo 1025:
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Caden no estaba dormido en absoluto. Escuchó cada sonido que hacía Alicia, cada movimiento lleno de su gracia habitual. Cuando lo cubrió, su suave presencia era inconfundible. Podía sentir el leve roce de su largo cabello contra él, que transportaba su delicada fragancia. Por un momento fugaz, casi extendió la mano para agarrarla, deseando besar su suave piel.
Pero Alicia, ajena a su confusión interior, se dio la vuelta y se dirigió a la cocina para preparar un desayuno sencillo.
El aroma tentador pronto llenó el aire, despertando los sentidos de Caden. Abrió los ojos y dirigió la mirada hacia ella, cautivado por su esbelta figura moviéndose con silenciosa eficiencia en la cocina.
Antes de que pudiera apartar la mirada, Alicia apareció con un plato en la mano, pillándolo con la guardia baja.
Caden apartó rápidamente la vista, fingiendo indiferencia.
—¿Estás despierto? —preguntó Alicia.
Caden sabía que se había acabado el juego. Ya no tenía sentido seguir fingiendo. Gruñó en respuesta.
—Si estás despierto, ven a comer —dijo Alicia, con un tono distante.
El corazón de Caden dio un salto involuntario. Una sonrisa se dibujó en sus labios mientras respondía: «Debo estar soñando. En realidad me estás ofreciendo una salida».
Alicia no perdió el ritmo. «No lo pienses demasiado. Esto es solo el pago por el postre de anoche. Si no lo quieres, también está bien».
Caden se reclinó en el sofá, decidiendo no aceptar la oferta. En su lugar, dirigió la mirada hacia la ventana, donde el vibrante follaje verde.
del exterior bailaba con la brisa de la mañana. El alegre canto de los pájaros creaba un fondo sereno, demasiado perfecto para interrumpirlo.
Caden entrelazó las manos detrás de la cabeza, saboreando la tranquilidad. El mundo se sentía extrañamente quieto, como si le regalara un fugaz momento de paz.
De la nada, una excremento de pájaro aterrizó directamente en su frente.
Caden estaba tan furioso que sintió que podía demoler la casa.
En voz baja, Caden maldijo mientras se dirigía a la ducha. No reapareció hasta después de que Alicia hubiera terminado su desayuno, todavía visiblemente molesta.
Alicia, enjuagándose la boca, notó su expresión desagradable. «¿Te has lijado la cara? ¿Por qué estás tan roja?».
El rostro de Caden se puso aún más oscuro por la irritación. Al acercarse a la mesa del comedor despejada, frunció el ceño. «¿Dónde está mi desayuno?».
Alicia arqueó una ceja. «¿No habías dicho que te lo saltabas?».
«¿Cuándo he dicho eso?».
«No respondiste cuando te pregunté antes».
«Nunca mencioné saltarme el desayuno».
Alicia se encogió de hombros con indiferencia. «Oh, lo siento».
Caden casi se atraganta de frustración. «¿Entonces lo tiraste?». Su apetito había sido débil por la mañana, lo que le dificultó comer gran parte del desayuno que había preparado para ambos.
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