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Capítulo 66:
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Se hizo el silencio dentro y fuera de la sala.
Cumpliendo los deseos de los ancianos…
Su corazón se hundió. Sus manos, fuertemente apretadas, se volvieron blancas y temblaron ligeramente. A veces, cuando te fallan las palabras, lo único que puedes hacer es soltar una carcajada amarga. Y eso fue exactamente lo que hizo. Se reía de sí misma.
Ya no tenía sentido entrar. Dejó un mensaje a la secretaria, pidiendo que le enviaran la tableta cuando la encontraran.
Sentada en su coche, no arrancó el motor durante mucho tiempo. Los latidos de su corazón resonaban en el pequeño espacio y su respiración se hacía cada vez más entrecortada y forzada.
Tras unas cuantas respiraciones profundas, Sofía llamó a Luna, tratando de mantener su tono lo más firme posible. «Lo siento, no me encuentro bien. No puedo ir hoy».
Luna se rió. «¡Pero si ya me he maquillado! ¿Cómo me lo vas a compensar?».
Sofía forzó una sonrisa. «La próxima vez, puedes decidir lo que quieras».
«¡Muy bien entonces, me aseguraré de que te vayas a la quiebra!»
Sofía quiso replicar, pero no tuvo fuerzas. La boca le sabía amarga.
Al sentir el silencio del otro lado, Luna rápidamente inventó una excusa. «Muy bien, me voy a buscar a alguien más con quien pasar el rato. Descansa bien, alborotadora».
«Vale, hasta la próxima».
Aunque Sofía había cancelado sus planes con Luna, aún no estaba lista para volver a casa. De repente sintió un fuerte deseo de visitar al abuelo Greyson. Así que condujo hasta el almacén donde guardaba sus pertenencias. Pasó allí toda la tarde, hojeando sus viejas notas. Pasó los dedos por las páginas ligeramente amarillentas, sintiendo la fuerza y la elegancia de su letra.
Había reflexiones sobre libros, cartas en las que expresaba su añoranza por la abuela. Leyó cada línea, como si oyera su voz profunda y pensativa que aún resonaba en sus oídos. Al final del cuaderno, encontró un breve mensaje: «La llegada de Sofía a este mundo es el regalo más preciado. Ella es mi orgullo». Se le escapó una suave carcajada mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Se las secó y murmuró: «Abuelo, tú también eres mi orgullo, mamá y tú».
Sofía siguió leyendo y encontró una pequeña nota: «Ese cuadro en tonos tierra es mi regalo de bodas para ti». Aquel cuadro surrealista de tamaño medio humano… Sofía no lo había mirado de cerca antes. Dejó el cuaderno a un lado y desenvolvió con cuidado el embalaje exterior.
El cuadro representaba la vela de un barco hecha de mariposas, con una pequeña figura de pie en la proa, sosteniendo un telescopio y mirando a lo lejos. El telón de fondo era un cielo azul brillante con nubes blancas. La obra utilizaba muchos colores complementarios para crear un efecto visual vivo, equilibrado por tonos cálidos terrosos, que mezclaban la realidad con una cualidad onírica.
Le sorprendió que el abuelo hubiera pensado en su boda tan pronto. Sofía empezó a preguntarse si habría algún mensaje oculto para ella en el cuadro. Examinó todos los rincones pero no encontró nada inusual, descartándolo como una imaginación hiperactiva por haber visto demasiadas películas de ciencia ficción últimamente.
Como el cuadro era demasiado grande para disfrutarlo con regularidad, Sofía le hizo una foto antes de envolverlo de nuevo. Al volver a envolverlo, rompió accidentalmente un trozo de plástico de burbujas. Salió para que el personal le diera un nuevo rollo, pero como era tan voluminoso, le tapó la vista y chocó accidentalmente con alguien. Sofía se disculpó rápidamente.
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