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Capítulo 65:
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Sofía bajó las escaleras de mal humor y, al llegar al vestíbulo, alguien la llamó. Levantó la vista y reconoció al hombre: era un amigo de Roma, alguien a quien había conocido hacía tiempo en un bar.
«Hola, eres Sofía, ¿verdad? Soy Henry, el mejor amigo de Roma». Mostró su característica sonrisa.
Sofía asintió, estrechó la mano que le ofrecía y esbozó una leve sonrisa. «Hola Henry, me acuerdo de ti».
Henry parecía gratamente sorprendido. «Sí, hace unos meses en el bar. Tienes una gran memoria».
Ante su entusiasmo, Sofía sólo pudo responder con una cortés sonrisa.
«Sí, supongo que ese tipo no tiene muchos amigos. Soy el único que puede aguantarle, jaja». Rápidamente se dio cuenta de algo. «Oh, si tú estás aquí, él también debe estar». Ella sabía que se refería a Roma. «Sí, está arriba».
Al ver la expresión de desconcierto de Sofía, le explicó: «No ha respondido a mis mensajes, así que he pensado en probar suerte aquí. Iré a buscarle. Vamos a comer juntos a Roma alguna vez».
«Claro, hasta la próxima».
Al ver a Henry entrar con paso seguro en el edificio, Sofía pensó en por qué podía quedarse en Roma: era como un rayo de sol veraniego, tan diferente de la fría e invernal Roma.
Cuando Sofía salió del edificio, sintió que algo no iba bien. Su bolso parecía más ligero. Cierto, se había dejado el iPad en su despacho. Dado lo tensas que estaban las cosas entre ellos antes, no se sentía cómoda pidiéndole que se lo llevara a casa.
Se dio la vuelta y pidió acceso a la recepción para subir de nuevo. Hizo un gesto a la secretaria para indicarle que no tenía que levantarse y se fue por el pasillo. Justo cuando iba a llamar a la puerta del despacho, oyó algo:
«Acabo de ver la cara de tu mujer. Parecía bastante disgustada. ¿La hiciste enojar?»
Era la voz de Enrique. Sofía se quedó paralizada, conteniendo la respiración instintivamente, curiosa por saber cómo respondería Roma. Pero sólo había silencio.
Henry continuó: «No decir nada significa que sí, ¿verdad? Tienes una esposa tan hermosa, y tú…» Hizo una pausa y se puso nervioso. «¡No me digas que es por esa Olivia! Ya te lo dije antes, esa mujer es un problema…»
Todo el cuerpo de Sofía se tensó. Después de más de diez días, volvía a oír el nombre de aquella mujer. Desde que Olivia había aparecido en el hospital para enfrentarse a ella, su declaración había resonado en la mente de Sofía. Le interesaba más la postura de Roma que la de los demás. Era como si Henry estuviera expresando sus propios pensamientos.
Un segundo después, la fría voz de Roma interrumpió. «Deja de decir tonterías». Hizo una breve pausa antes de añadir: «Puede que no quieras que te lo diga, pero lo haré de todos modos. No lo estropees. Sofía es con quien estás oficialmente casado».
Enrique replicó: «Eres un charlatán, un vividor que intenta dar consejos», pero Roma permaneció inquebrantable.
«Tú…» Henry tartamudeó un momento, luego pareció recuperar la confianza. «Pase lo que pase, he visto lo diferente que es de ti. A mí no me engañas».
De pie fuera, Sofía apretó los puños en tensión, sintiendo un pequeño atisbo de esperanza. Pero entonces llegó la respuesta indiferente de Roma. «Sólo estoy cumpliendo los deseos de mi familia».
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