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Capítulo 6:
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—¡Kayla! —La voz de Liam resonó desde lejos.
Jeremy frunció ligeramente el ceño antes de soltar la muñeca de Kayla. —Puedes irte.
Ella no esperó: se dio la vuelta y salió corriendo de inmediato.
Edwin dio un paso adelante y le ofreció un pañuelo. —Señor Graham, ¿qué acaba de pasar?
Jeremy tomó el pañuelo y se limpió las manos lentamente, con una expresión indescifrable. «Nada. Me pareció que me resultaba familiar, como la mujer de aquella noche, pero debí de equivocarme».
«No se preocupe, señor. Averiguaré quién se coló en su habitación aquella noche. Solo déme un poco más de tiempo».
«De acuerdo».
La mirada de Jeremy se desvió, y una extraña expresión cruzó su rostro.
No podía olvidar a la mujer de aquella noche. Parecía tan intacta, temblando bajo sus dedos, con lágrimas resbalando en silencio por sus mejillas. Aún recordaba sus ojos: claros y brillantes, que lo atraían irresistiblemente.
Mientras tanto, Kayla vio a Liam escudriñando la zona, claramente buscándola.
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Se tranquilizó y se acercó. «Estoy aquí».
Liam corrió hacia ella y la agarró con fuerza por los hombros. «¿Dónde estabas? Pensé que había pasado algo. Estaba muy preocupado».
Kayla se echó instintivamente hacia atrás, alejándose poco a poco de su agarre. «Estoy bien».
Liam miró por encima de su hombro, claramente con ganas de preguntar más, pero ella ya había empezado a caminar delante, cortando la conversación.
Aquella noche, el sueño se resistía a llegar. Kayla daba vueltas en la cama, con la mente obsesionada por el rostro de Jeremy.
Nunca imaginó que él —el hombre de aquella noche— resultaría ser el tío de Liam. Solo pensarlo le revolvió el estómago. Había oído las historias. Jeremy era despiadado, el tipo de hombre que aplastaba a sus competidores sin pestañear. No era alguien a quien se pudiera cruzar.
Su mano se llevó instintivamente al vientre. No podía quedarse con este bebé. Si la familia Graham se enteraba, las consecuencias serían más de lo que ella pudiera soportar.
Iría al hospital por la mañana y se encargaría de ello, discretamente, antes de que las cosas empeoraran.
Una vez tomada la decisión, Kayla se levantó de la cama para tomar un vaso de agua. Al llegar a la escalera, oyó la voz de Liam abajo, aguda y enfadada.
«Este proyecto tiene que salir adelante, pase lo que pase. No me importa cómo lo hagas; encuentra la manera de cubrir ese déficit de financiación. Ya hemos invertido demasiado en ello. El fracaso no es una opción».
Sonaba furioso y, una vez terminada la llamada, colgó con un movimiento brusco y frustrado.
Kayla no pudo evitar preguntarse qué habría salido mal en la empresa para que él sonara tan frenético.
El sonido de la puerta principal al abrirse y cerrarse resonó en el pasillo vacío. Liam salió, arrancó el coche y se marchó.
Kayla bajó las escaleras y se sirvió un vaso de agua en la silenciosa cocina.
Entonces su teléfono vibró con un mensaje de su investigador privado.
«Sra. Graham, el Sr. Graham se ha ido a casa de Tricia. Es probable que pase allí la noche».
Una leve sonrisa burlona se dibujó en los labios de Kayla. Ya no quedaba dolor. Solo una calma vacía donde antes habitaba la decepción.
A la mañana siguiente, condujo ella misma hasta el hospital.
Esperaba que fuera sencillo y rápido, pero las palabras del médico destrozaron hasta la última pizca de esperanza.
«Señora, el revestimiento de su útero es bastante delgado. En su estado, someterse a un aborto podría dificultar, si no imposibilitar, que vuelva a concebir».
Kayla se quedó paralizada, con las palabras resonando en sus oídos.
No podía seguir adelante con el aborto, pero tampoco podía arriesgarse a llevar el embarazo a término. Estaba atrapada.
La voz del médico se suavizó. «Quizá debería hablarlo con su marido. No es una decisión baladí; conlleva riesgos reales».
«Lo entiendo», murmuró.
Kayla salió de la consulta sintiéndose como si acabara de recibir un golpe. Sus pensamientos se dispararon sin control.
Si no interrumpía el embarazo, acabaría teniendo que dar a luz, y era imposible que Liam no se enterara.
Ahora solo había un camino a seguir: divorciarse de Liam antes de que su embarazo se notara.
Aún absorta en sus pensamientos, Kayla no vio a la persona que tenía delante y chocó de frente contra el pecho de alguien.
«Señor Graham, ¿se encuentra bien?».
A Kayla se le encogió el corazón. Levantó la vista y se encontró a Jeremy allí de pie, alto e inmóvil como una estatua, con esos ojos intensos clavados en ella como si fuera un rompecabezas que estuviera a punto de resolver.
Atónita, Kayla se escondió instintivamente el informe médico a la espalda.
Jeremy no respondió. La observó de cerca, intuyendo que algo no iba bien. Se había comportado de forma extraña la noche anterior y seguía haciéndolo.
El guardaespaldas señaló el suelo y le recordó: «Has tirado la medicación del señor Graham».
Solo entonces se fijó en la bolsa de pastillas derramada a sus pies: varios frascos, todos suplementos para la resistencia sexual.
Jeremy parecía fuerte y lleno de energía, pero al parecer dependía de los suplementos. Sin embargo, aquella noche, su resistencia había sido incuestionable; no parecía alguien que necesitara ayuda.
Kayla levantó la vista, con los ojos brillando con silenciosa incredulidad y una extraña mezcla de curiosidad.
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