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Capítulo 670:
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Wesley frunció el ceño mientras las palabras que Gabriela había dicho antes sobre la sangre del cordón umbilical resonaban en su mente. Se inclinó hacia delante, con voz baja. «De acuerdo. Te escucho».
«Tú… en realidad tienes un hijo», confesó Gabriela.
En el momento en que la revelación salió de sus labios, la expresión de Wesley se endureció. Un destello feroz brilló en sus ojos, llevando una advertencia silenciosa: que si se atrevía a bromear con esto, su temperamento estallaría en ese mismo instante.
El valor de Gabriela flaqueó y su voz se redujo a un temblor. «Truett… no es hijo de Tessa. Es mío».
Las palabras apenas superaban un susurro, y Wesley casi se preguntó si las había imaginado. Su rostro no se ensombreció de ira, pero una gravedad diferente a todo lo anterior se apoderó de sus rasgos.
Sus ojos se fijaron en ella con incredulidad, como si la revelación en sí misma hubiera destrozado su agarre a la realidad. «¿Truett es tu hijo?».
Gabriela asintió. « Sí. Es nuestro hijo».
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La mente de Wesley volvió a la risa del niño, al calor de sus pequeños brazos rodeándole el cuello. Cada vez que lo llevaba en brazos, un vínculo desconocido pero innegable le oprimía el pecho. Recordó el tono de la voz de Truett —suave, confiado— llamándolo «papá».
La verdad le golpeó como un puñetazo. Ese niño era su carne y su sangre.
Gabriela había jugado un juego atrevido y temerario: dar a luz a su hijo en secreto y afirmar que Truett era hijo de Tessa.
La comprensión le abrasó por dentro. Ella le había robado esos años preciosos, le había engañado con tal descaro que se había perdido los primeros hitos de su propio hijo, sus primeras palabras, su propio crecimiento.
Frunció el ceño con fuerza, ensombreciendo sus llamativos rasgos mientras su voz se volvía cortante. —¿Y solo me lo cuentas ahora?
Gabriela vaciló bajo el peso de su mirada, apretando los dedos a los lados. —¿Podríamos… saltarnos el motivo? —preguntó, con tono vacilante.
—¿Saltárnoslo? —Wesley apretó la mandíbula. «Más te vale decidir si puedes vivir con las consecuencias».
La furia de sus ojos la hirió, dejándole un nudo en la garganta. «Una vez creí que el hombre que se había acostado conmigo era Brenden», susurró, con la voz cargada de resentimiento. «Tú sabías la verdad, y aun así seguiste haciéndote pasar por Brenden solo para jugar conmigo. Me lo ocultaste y, aun así, tuviste el descaro de decir que te gustaba. ¿Cómo iba a decirte que estaba embarazada? Nunca me importó Brenden. Aunque llevara a su hijo, no habría dejado que se enterara. Para cuando por fin supe la verdad, ya te habías comprometido con Rebecca. Me aterrorizaba que intentaras quitarme al bebé, así que, por supuesto, guardé silencio».
Gabriela lo soltó todo de golpe, con la voz temblorosa mientras su pecho se agitaba. Al final, tenía los ojos enrojecidos, brillando como los de un conejo asustado.
Wesley se pasó una mano por la cara, dividido entre la ira y la impotencia.
Era ella quien lo había ocultado todo, y sin embargo lo había tergiversado hasta parecer la agraviada, presentándose como la víctima antes incluso de que él pudiera hablar.
Él soltó un bufido seco y burlón. «Tienes suerte de que estemos en un hospital, Gabriela. De lo contrario, te darían una buena lección».
La implicación de sus palabras la golpeó al instante.
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