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Capítulo 984:
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«¡Seis millones!».
«¡Ocho millones!».
Al observar la escalada de la guerra de pujas, Bertha frunció el ceño. Aunque había previsto un gran interés por la pieza, la intensidad de la competencia la tomó por sorpresa.
Con una mirada significativa a Amya, Bertha le transmitió silenciosamente su intención. Amya, que entendió la señal, levantó su paleta con confianza.
«Quince millones».
La exorbitante puja silenció la sala. La multitud se calló de inmediato.
El subastador miró a su alrededor y preguntó: «¿Hay alguien más dispuesto a subir la puja?».
Llena de confianza, Bertha no pudo ocultar su alegría y una sonrisa iluminó sus labios.
Amya la miró con emoción. «Es nuestra».
Justo cuando Bertha creía que la victoria estaba asegurada, una voz entre la multitud intervino inesperadamente.
«¡Veinte millones!».
Al oír la voz, la multitud se agitó de nuevo. La expresión de Amya se agrió al volverse y ver a un joven vestido con traje.
Se detuvo un momento, tratando de recordar a qué clan pertenecía el hombre, pero a pesar de sus esfuerzos, no logró identificarlo.
«¿Subimos la puja?», preguntó Amya, buscando la orientación de Bertha.
La expresión de Bertha también se ensombreció. Tras una breve pausa para pensar, asintió a regañadientes. «Veintitrés millones».
«¡Veinticinco millones!», replicó inmediatamente el hombre, subiendo de nuevo la puja.
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«¡Treinta millones!», respondió Amya, con una expresión cada vez más intensa a medida que aumentaba la puja.
Con cada subida, quedaba claro que se estaban acercando a su límite financiero. La tensión se palpaba en el aire mientras continuaba la puja.
Después de su puja, el hombre habló en voz baja por su auricular Bluetooth. «Señor, el precio ha alcanzado los treinta millones. ¿Seguimos adelante?».
«Aumenta cinco millones», fue la respuesta. «Quiero poner a prueba los límites financieros de la familia Pierce».
La persona al otro lado del teléfono escuchaba en silencio los sonidos de la subasta, mientras sus dedos tamborileaban rítmicamente sobre la mesa.
Vestido con un elegante traje, con ojos penetrantes y el ceño fruncido, el hombre era Wyatt Blakely, el padre de Susie.
Susie había sufrido un duro golpe cuando Neville rompió su compromiso. Desde entonces, había caído en una profunda depresión.
Ya no asistía a eventos sociales, sino que prefería quedarse en casa, retraída y callada, sin hablar apenas con nadie de la familia. Pasaba los días consumida por la tristeza.
Wyatt y su esposa estaban profundamente preocupados por su hija, pero se sentían impotentes para aliviar su dolor.
A medida que Susie perdía peso y se hundía más en la desesperación, el corazón de Wyatt se encogía de pena por ella. Pero junto con su empatía crecía un odio ardiente hacia la familia Pierce.
Comenzó a actuar en su contra, obstaculizando sus negocios y saboteando sus asuntos públicos.
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