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Capítulo 1739:
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Sus palabras no dejaban lugar a discusión.
Por mucho que Matthew quisiera que Fernando acompañara a Lindsay a casa, ella se mantuvo firme y negó con la cabeza con vehemencia.
«Robin sigue en la morgue», declaró con tono firme y decidido. «No descansaré hasta que se haga justicia».
Su mirada de acero lo dejaba claro: nada menos que la verdad la satisfaría. Matthew, sintiendo cómo aumentaba la tensión, solo pudo instar a Fernando a que ayudara a calmar la ardiente determinación de Lindsay.
En el pasillo, unos cuantos policías permanecían inmóviles, con posturas rígidas, mientras Matthew se acercaba. Desde la habitación del hospital, la voz de Stella se oía temblorosa por el miedo y la desesperación, resonando en el silencioso pasillo como un eco de angustia. Ella relataba los hechos una y otra vez, con la voz quebrada, insistiendo rotundamente en que no había matado a Robin.
«Lo juro, yo no maté a Robin», suplicaba, con palabras temblorosas por la desesperación. «Mi coche fue embestido y todo se volvió negro. Lo siguiente que recuerdo es que me desperté aquí, en el hospital».
Su voz, tan cruda y dolorida, conmovía a cualquiera que la oyera, dejando una punzada de compasión.
Los agentes, sin embargo, permanecieron impasibles. Uno de ellos sacó un bolígrafo, precintado como prueba. «Este bolígrafo, grabado con su nombre, se utilizó para matar a Robin. Sus huellas dactilares son las únicas que hay en él».
Stella se quedó paralizada, incrédula, sin aliento, al ver reaparecer en un momento tan crucial el bolígrafo que había estado buscando desesperadamente.
«Ese bolígrafo… ¡llevaba desaparecido mucho tiempo! Lo he buscado por todas partes. Pregúntele a mi asistente si no me cree», suplicó, con los ojos muy abiertos y llenos de urgencia.
Justo cuando la policía se disponía a presionarla aún más, la puerta se abrió de par en par y Matthew entró con paso firme, seguido de cerca por Lindsay.
En cuanto Lindsay vio a Stella, gritó: «¡Stella, ¿cómo puedes ser tan insensible? ¡Incluso ahora sigues mintiendo para cubrir tus huellas!».
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Su voz crepitaba de furia y su mirada podía cortar cristales. Para Lindsay, Stella no solo era culpable, sino que era irremediable.
La expresión de Stella se endureció y su mirada se cruzó con la de Lindsay. «No estoy inventando mentiras. Estoy diciendo la verdad», dijo con voz firme.
Matthew había llegado acompañado de un abogado, delegando la tarea de negociar con la policía a Fernando y al experto legal.
En la habitación del hospital solo quedaban los tres.
Stella, con un tono teñido de impotencia y resentimiento, le contó a Lindsay la secuencia de los acontecimientos. «Iba conduciendo hacia la casa de mi madre cuando Robin empezó a seguirme. Chocó contra mi coche y luego intentó adelantarme. Fue entonces cuando fallaron los frenos. No pude frenar a tiempo y los coches chocaron. Después de eso, perdí el conocimiento. Cuando recuperé la conciencia, ya estaba en el hospital».
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, una silenciosa súplica para que Lindsay la creyera.
Matthew, por su parte, permaneció en silencio, sumido en sus pensamientos mientras intentaba encajar las piezas del rompecabezas. Sabía que sacar conclusiones precipitadas y culpar a Stella sin pruebas sólidas era impensable.
Lindsay, con voz aguda por el dolor y la incredulidad, replicó: «¿Estás diciendo que Robin se suicidó? ¡Eso es absurdo! Tu historia no tiene sentido». La sospecha y la ira brillaban en sus ojos, y su expresión era tan afilada como un cuchillo.
Stella se mantuvo firme, con voz firme a pesar de la tensión. «No sé qué pasó, pero hay una cosa que sé con certeza: yo no lo maté». La determinación brillaba en sus ojos, un destello de confianza en su propia inocencia.
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