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Capítulo 779:
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Una pizca de decepción apenas perceptible brilló en los ojos de Davion, pero desapareció en un instante, sustituida por su habitual compostura tranquila. Con una ligera palmada en el hombro de Kaelyn, dijo: «Muy bien, entonces. Vete a casa, descansa un poco. No dudes en llamarme si necesitas algo».
Kaelyn asintió con la cabeza, con el corazón lleno de emociones encontradas, como una tormenta a punto de estallar.
Davion dispuso que un conductor la acompañara a casa.
Cuando Kaelyn entró en su casa, encontró a Sebastián tumbado en el sofá del salón, hojeando distraídamente una revista. En cuanto oyó abrirse la puerta, levantó la vista con mirada aguda, intuyendo que algo no iba bien.
«¿Qué ha pasado?». Sebastián se levantó rápidamente y se acercó a ella con expresión preocupada. «Pareces angustiada».
Kaelyn suspiró, sintiendo un peso sobre los hombros. Lentamente, se dejó caer en el sofá y comenzó a relatar los detalles del banquete y todo lo que había sucedido.
Mientras hablaba, la expresión habitualmente amable de Sebastián se ensombreció. Sin previo aviso, se puso de pie de un salto, con la voz cargada de furia. —¡Eso es absurdo! Mañana iremos a la comisaría. Presentaremos una denuncia y llegaremos al fondo de esto. Tu nombre quedará limpio, te lo prometo.
El corazón de Kaelyn se conmovió al ver el apoyo inquebrantable de Sebastián. Le tomó la mano con delicadeza y le habló con voz suave pero sincera. «Gracias, Sebastián».
A la mañana siguiente, Kaelyn se despertó lentamente, con la mente aún agobiada por los acontecimientos del día anterior. Mientras yacía allí, el peso de todo ello le oprimía el pecho.
Sin demora, cogió el teléfono y miró la pantalla. Para su sorpresa, no había ninguna noticia en los medios sobre el incidente del banquete. El silencio era ensordecedor, y la ausencia de noticias solo aumentaba sus sospechas.
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Sentada en el borde de la cama, frunció el ceño mientras los pensamientos se agolpaban en su mente. Después de reflexionar durante un largo rato, albergó la silenciosa sospecha de que Rodger había ocultado la noticia.
Con un suave toque en la pantalla, dudó, sin saber si llamar a la policía o esperar.
En ese momento, el silencio se rompió con el sonido de su teléfono. Sus ojos se posaron en el identificador de llamadas: Adams. Sintió un nudo en el estómago.
Respiró hondo y respondió a la llamada.
—Dra. Gordon —la voz cansada de Adams se escuchó al otro lado del teléfono—. Chloe se ha quedado paralizada de cintura para abajo. Los médicos afirman que se debe a los efectos secundarios del nuevo medicamento que utilizamos la última vez. Ahora, ella amenaza con demandar a la familia Patel y a usted, acusándonos de utilizar un medicamento no probado, que supuestamente la ha dejado discapacitada de forma permanente.
Kaelyn palideció y sus dedos temblaron mientras sostenía el teléfono. Sin embargo, tras el impacto inicial, una chispa de determinación brilló en sus ojos. —Estoy segura de que el medicamento no tiene ningún problema. Yo misma lo desarrollé. Si hay algún problema, asumiré toda la responsabilidad. Nadie va a involucrarte a ti ni a la familia Patel en esto.
«No es eso lo que quería decir», se apresuró a aclarar Adams. «Creo en tu medicamento. Estoy contigo en esto, y la familia Patel asumirá nuestra parte de culpa».
El corazón de Kaelyn se ablandó, conmovida por la fe que él depositaba en ella. «Gracias, señor Patel. Gracias por su confianza».
Tras terminar la llamada, Kaelyn se sentó en la cama, perdida en sus pensamientos. Su mente era un torbellino. Llamaron a la puerta y Sebastian entró, con expresión preocupada mientras la observaba. «Escucha, pase lo que pase, primero iremos a la policía. La grabación falsificada es nuestra prioridad», dijo con suavidad, pero con firmeza.
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