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Capítulo 585:
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Justo cuando llegó a la salida, se detuvo bruscamente. Un miedo punzante se apoderó de su pecho: ¿y si el médico no podía identificar inmediatamente el veneno? Dio media vuelta, corrió de vuelta al lugar donde había estado, se agachó y cogió la botella vacía que la pequeña había tirado. La agarró con fuerza.
Necesitaba que analizaran esa botella para determinar el antídoto antes de que lo que le había tocado la piel le causara un daño irreversible.
Saliendo del centro comercial, Claire buscó frenéticamente el hospital más cercano. En cuanto lo vio, entró a trompicones en la sala de urgencias y, con la voz quebrada, gritó: «¡Doctor, por favor! ¡Alguien me ha echado veneno en la cara!».
Sus manos temblaban mientras se aferraba a la bata blanca del médico, con los ojos llenos de lágrimas suplicando que la salvara.
El médico, acostumbrado a pacientes frenéticos, mantuvo la calma y le indicó que se sentara. Con manos firmes, comenzó a examinarla.
Claire dudó antes de desenrollar el pañuelo. Cuando la tela cayó, quedó al descubierto su piel, enrojecida, en carne viva e hinchada por sus desesperados intentos de limpiarla. La expresión del médico se tensó con preocupación. Ella no se atrevió a contar toda la verdad. En cambio, murmuró: «Yo… ofendí a alguien y me echaron un líquido desconocido. Dijeron que era veneno. Amenazaron con arruinarme la cara».
Le entregó la botella y le instó: «Esto es lo que utilizaron. ¡Por favor, analícelo rápidamente! Me arde y me pica la piel, ¿quedaré desfigurada?».
El médico tomó la botella y asintió con calma. «Entiendo. Espere aquí mientras realizamos las pruebas».
«¡Por favor, doctor, dese prisa!».
Claire se dejó caer en el banco del hospital, retorciéndose los dedos mientras la ansiedad le carcomía por dentro. Cada segundo le parecía una eternidad.
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En ese momento, sonó su teléfono.
Al mirar la pantalla, se quedó paralizada. Era Landen. Sintió un nudo en el estómago.
Tras un momento de vacilación, respondió.
«¿Dónde estás ahora mismo?». La voz de Landen era como un latigazo que rompía el silencio, cada palabra impregnada de furia. «¡Es tarde y aún no has llegado a casa! ¿Tienes idea de cuánto tiempo llevamos esperando? Si tienes algo importante que hacer, al menos avísanos. ¡No tienes ningún sentido de la decencia!».
Claire tragó saliva. Decirle la verdad era imposible. Desesperada, murmuró: «Yo… no me encontraba bien, así que fui al médico».
—¡No digas tonterías! —espetó Landen—. ¿No estabas rebosante de energía antes en el centro comercial? ¿Haciendo el ridículo? ¿Convirtiendo todo el lugar en un caos?
Claire se quedó paralizada. Las palabras la golpearon como una bofetada, dejándola momentáneamente sin habla. Abrió la boca, pero su mente estaba en blanco, buscando una respuesta que no llegaba.
—¡Mira las noticias tú misma! —la ira de Landen crepitaba a través de la línea—. ¡Has hecho el ridículo!
¿Las noticias? ¿A qué se refería?
Una inquietud escalofriante recorrió la espalda de Claire. Sus pensamientos se convirtieron en un rugido ensordecedor, una ola de pánico que la abrumaba.
Con dedos temblorosos, navegó hasta la sección de noticias, solo para confirmar sus peores temores. Un vídeo. La pantalla se iluminó con su propia humillación: la pequeña chica empapándola, lanzando acusaciones, con furia ardiendo en cada palabra. Los comentarios debajo eran implacables, una tormenta de condenas que la destrozaban. En cuestión de segundos, se había convertido en el titular local más importante, extendiéndose como la pólvora.
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