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Capítulo 1167:
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Javier palideció al darse cuenta de lo que estaba pasando. Su emboscada, meticulosamente planeada, acababa de fracasar.
Sin previo aviso, Rodger lo agarró por el cuello y lo llevó hacia la salida trasera, con voz baja y amenazante. «Tranquilo. No te vas a librar tan fácilmente».
Más allá de la niebla arremolinada, un SUV negro se acercaba a toda velocidad, con los faros atravesando la oscuridad.
La puerta se abrió de golpe.
Con un empujón brusco, Rodger obligó a Javier a entrar y luego se subió tras él.
El motor rugió al arrancar. Los neumáticos chirriaron contra el asfalto cuando el todoterreno se alejó, engullido casi al instante por la noche.
En el interior, Javier luchaba por estabilizar su respiración.
Tenía las muñecas bien sujetas a la espalda y el sudor le resbalaba por la frente.
La desesperación se apoderó de su voz. «Rodger, si me matas, tendrás que responder ante la gente que me respalda. Y…».
«Shh».
Rodger lo silenció con un solo movimiento, apretando la mandíbula de Javier con tanta fuerza que casi le quitó el aire.
Las sombras bailaban en los ojos de Rodger, oscuros y sin fondo, una tormenta de intenciones letales.
—El verdadero juego comienza ahora, señor Shaw —murmuró Rodger, con una sonrisa fría y depredadora—. Tomémonos nuestro tiempo. Le prometo que deseará que termine pronto.
Las luces de la calle pasaban rápidamente por fuera, salpicando de oro fugaz los rasgos implacables de Rodger, haciéndolo parecer el espectro vengador que Javier temía.
El aire de la tarde era fresco y tranquilo cuando Kaelyn regresó corriendo del laboratorio a la casa de la familia Barnett.
Se deslizó en el vestidor, deslizando los dedos por un mar de vestidos hasta que se detuvieron en un suave vestido de terciopelo azul. Era el tono que le gustaba a Angelica, un detalle que Kaelyn recordaba de sus notas.
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En el espejo, sus delicados rasgos brillaban, y el collar de diamantes en su cuello centelleaba como estrellas esparcidas en una noche tranquila.
Apretó los labios, cogió el perfume del tocador y se roció ligeramente.
La dulce fragancia de jazmín la envolvió al instante.
Rodger se lo había regalado, insistiendo en que era perfecto para ella.
—Señora, el coche está esperando —dijo la suave voz de Nolan desde el otro lado de la puerta.
Kaelyn se miró una vez más en el espejo, respiró hondo y salió a la noche.
La villa de la familia Barnett brillaba con una luz cálida, con guirnaldas de luces doradas colgadas en el jardín que centelleaban como luciérnagas en la suave brisa.
Mientras los tacones de Kaelyn resonaban en los escalones de piedra, se oyeron carcajadas procedentes del interior de la casa.
En cuanto abrió la puerta, las animadas conversaciones del salón se silenciaron por un momento.
«¡Kaelyn!», exclamó Kathy, que se levantó de un salto con el rostro iluminado por la alegría. «¡Por fin has llegado!».
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