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Capítulo 1115:
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Con un gesto de resignación, Javier hizo señales con la mano y se detuvo en la acera.
Kaelyn salió del coche, sus tacones resonaban con fuerza en el pavimento, su postura era relajada pero alerta.
Echó un vistazo al espejo lateral. Como era de esperar, un coche negro se había detenido cerca. La puerta se abrió y varios hombres vestidos con trajes negros salieron, como sombras atraídas por la luz.
Ella se dio la vuelta y entró en la panadería con Javier.
En el interior, una luz cálida y el aroma del azúcar los envolvieron. Las vitrinas brillaban, llenas de dulces demasiado perfectos para comer.
Kaelyn fingió examinar las filas de pasteles, pero su atención se mantuvo fija en la mujer con la gabardina.
Esta estaba de pie delante de los pasteles de fresa, aparentemente absorta en sus pensamientos.
Kaelyn se acercó lentamente. Y al pasar, su mano rozó la de la mujer. ¡Smack!
Un pastel de fresa se esparció por el suelo, su dulce relleno manchado como una promesa rota.
«¡Oh, no! ¡Lo siento mucho!», exclamó Kaelyn, ya dispuesta a ayudar, con las manos moviéndose para limpiar el abrigo de la mujer.
«¿Me estás tomando el pelo?», espetó la mujer, agarrando a Kaelyn por la muñeca. «¡Has estropeado mi abrigo! Más te vale pagarlo».
En ese breve momento de contacto, Kaelyn sintió algo frío y duro presionando su palma. Metal. Pequeño. Sus dedos lo cerraron instintivamente. Su expresión no vaciló. «Lo siento mucho. Lo reemplazaré».
La mujer se burló y la soltó. Javier apareció en ese momento, avanzando con los ojos entrecerrados. «¿Cuánto?», preguntó secamente.
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«Trescientos dólares. De diseño. Era la primera vez que me lo ponía».
Sin pestañear, Javier sacó el dinero y se lo entregó.
La mujer aceptó el dinero con una sonrisa de satisfacción y se marchó con su pastel en la mano.
Los hombres vestidos de negro la siguieron con la mirada, inmóviles. Solo cuando ella desapareció, la tensión entre ellos se relajó.
Kaelyn se quedó donde estaba, con los dedos cerrados alrededor del objeto que tenía en la mano, frío. Inconfundible. Otro pendrive.
Kaelyn se guardó la memoria USB en la manga con un movimiento sigiloso y le dedicó a Javier una cálida sonrisa. «Qué pena. De repente se me han quitado las ganas de comer pastel».
Javier la miró con curiosidad, pero se quedó callado, dejando pasar el momento.
Al salir de la tienda, Kaelyn miró rápidamente a los hombres de negro que seguían merodeando por allí. Sin embargo, la mujer de la gabardina ya había desaparecido tras la esquina, fuera de su vista.
Una fresca brisa nocturna le acarició el rostro y ella exhaló suavemente, esbozando una leve sonrisa secreta.
El plan estaba en marcha.
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