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Capítulo 80:
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«¿Qué haces aquí?», preguntó Sadie con voz fría y distante, rompiendo el silencio tenso.
«Oh, ¿y no debería estar aquí?», replicó Noah, con irritación en sus palabras. «¿O es que prefieres ver a Alex? Sadie, déjame recordarte que sigues siendo mi esposa». Su voz, aunque firme, delató un atisbo de vulnerabilidad.
Una emoción temblorosa recorrió el corazón de Sadie.
Recordó las amables palabras de Alex de la noche anterior: «Te lo mereces».
La voz de Alex transmitía una calidez que contrastaba con la fría indiferencia de Noah, envolviéndola como un abrazo reconfortante.
Sin embargo, no se atrevió a bajar la guardia.
Esquivando la tormenta que se avecinaba, Sadie dirigió la conversación. —¿Cuándo firmarás el acuerdo de divorcio? —preguntó, con una mezcla de determinación y cansancio en la voz.
Noah se quedó sin palabras, con la mirada compleja fija en ella.
Sus ojos, profundos y turbulentos, parecían agitarse con una tormenta de palabras no dichas, pero rápidamente sofocó las emociones que surgían.
Con un carraspeo deliberado para ocultar su inquietud, deslizó una pequeña caja por la mesita de noche hacia ella. «Ábrela y mira».
A Sadie no le importaba lo que Noah estuviera tramando, solo quería que se fuera, cuanto antes mejor. Así que le siguió el juego y abrió la caja. Dentro, envueltas en una suave tela, había unas llaves de coche de color rosa brillante de un Mercedes. Reflejaban la luz del sol y brillaban de forma hipnótica.
—¿Me estás regalando un coche? —preguntó ella, con voz firme y sin mostrar ninguna sorpresa.
Noah la miró, con los labios ligeramente entreabiertos, expectante. —¿Te gusta? —Un sutil temblor de nerviosismo se percibió en su voz, casi imperceptible.
Antes de que Sadie pudiera responder, la puerta de la habitación del hospital se abrió de golpe. Kyla entró con elegancia natural, con su vestido blanco ondeando y una sonrisa serena en el rostro.
—Sadie, Noah me ha traído para que te ayudara a elegir esto. Es rosa, tu color favorito.
Su voz tenía un tono de orgullo, rayano en la arrogancia.
Al oír esas palabras, Sadie apretó la caja con fuerza y una expresión de irritación se dibujó en su rostro antes de obligarse a relajarse. Con un movimiento rápido, cerró la caja y se la devolvió a Noah. —Quítatelo —exigió con calma.
La expresión de Noah se transformó en una de confusión. —¿No te gusta? —Frunció el ceño, con evidente sorpresa en su voz.
Antes de que Sadie pudiera responder, Kyla se interpuso en la conversación, con un tono excesivamente dulce. —Sadie, deberías aceptarlo. Es un regalo de Noah para ti y, si no lo aceptas, siempre se sentirá culpable.
¿Culpable?
La mente de Sadie se apresuró a buscar la razón. Era porque, cuando, maltrecha por el accidente, había pedido ayuda, Noah le había colgado el teléfono. Lo que empeoraba las cosas era su decisión de traer a Kyla allí ahora, haciendo alarde de su vínculo como para fastidiarla.
Mientras estos pensamientos se arremolinaban en su cabeza, Sadie miró a Kyla con una sonrisa sarcástica y dijo con deliberada indiferencia: —¿Te gusta? A mí ya no me importa, así que te lo puedes quedar.
Sus palabras tenían un tono oculto, que aludía no solo al coche, sino también a Noah.
El rostro de Kyla se sonrojó con una mezcla de sorpresa y vergüenza. Estaba claramente dolida por la insinuación de que solo estaba cogiendo las cosas que Sadie no quería. Se mordió el labio con evidente angustia y tiró de la manga de Noah, con ojos suplicantes. —Noah, ¿has oído lo que ha dicho?
Noah, captando el desdén de Sadie, se enfureció. «¿Es que no te gusta este coche o solo el que he elegido para ti?».
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