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Capítulo 68:
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El rostro de Kyla estaba pálido como el de un fantasma, con el ceño fruncido y los labios temblorosos, como si estuviera al borde de la muerte.
Noah llegó corriendo en cuanto recibió la noticia.
Irrumpió en la sala de oxígeno y el fuerte olor a antiséptico lo golpeó de inmediato.
Sus ojos encontraron a Kyla en la cama del hospital, apenas con vida.
Un médico se volvió hacia él. —Señor Wall, la señorita Wade se encuentra en estado crítico. Estamos haciendo todo lo posible.
Una enfermera le dijo a Noah: —¿Es usted familiar? Sostenga sus manos, podría quitarse la máscara de oxígeno. La mirada de Noah se posó en Kyla.
Dentro de la mascarilla se había acumulado condensación, lo que hacía que cada respiración fuera un esfuerzo. Ella luchaba por mantenerse consciente.
Noah se movió rápidamente, siguiendo las instrucciones de la enfermera. Sus manos fuertes y delgadas presionaron con firmeza las de Kyla, asegurándose de que permaneciera quieta. La voz de Kyla era un murmullo frágil. «Noah… Me siento fatal…».
Noah frunció el ceño, preocupado. —Kyla, quédate conmigo. Los médicos te cuidarán.
Los dedos de Kyla se crisparon mientras intentaba débilmente agarrarle las manos, pero Noah las apartó intencionadamente. En su lugar, le presionó las muñecas con firmeza, asegurándose de que no se quitara la mascarilla de oxígeno.
Su concentración era absoluta; sus ojos se fijaron en Kyla con una intensidad que hacía que todo lo demás en la habitación pareciera lejano e irrelevante. Era como si el mundo se hubiera reducido a solo ellos dos.
A pesar del dolor, Kyla sintió una retorcida satisfacción en lo más profundo de su ser. Mientras mantuviera a Noah ocupado, Sadie no recibiría la ayuda que necesitaba. Moriría.
Mientras tanto, Sadie estaba sentada en el coche autónomo, con una inquietud que la carcomía. Algo no iba bien. ¿Era solo una coincidencia que se hubiera encontrado con Kyla dos veces en el hospital? ¿Y quién le había enviado a su abuela esas fotos y la carta? ¿Quién podía saber tanto sobre su vida, su familia? Tenía que ser… Kyla, ¿verdad?
Antes de que Sadie pudiera procesar el pensamiento, un coche se saltó un semáforo en rojo y chocó contra el lateral de su vehículo con un estruendo ensordecedor.
Todo dio vueltas; Sadie salió disparada como una muñeca de trapo, su cuerpo sacudido violentamente con cada impacto.
El pánico se apoderó de ella y, instintivamente, se protegió el abdomen con los brazos.
Su cabeza golpeó con fuerza la ventana, provocándole un dolor punzante en el cráneo. La sangre le corría por la frente y su visión se nubló mientras luchaba por enfocar.
A través del dolor, Sadie vio que las llamas lamían el exterior del coche, acercándose peligrosamente.
El miedo se apoderó de su corazón, paralizándola. Su respiración se volvió entrecortada y rápida. El cinturón de seguridad y el airbag la habían atrapado y la puerta estaba clavada en el suelo.
Los dedos de Sadie se crisparon, la única parte de su cuerpo que aún estaba libre. Podía sentir el calor del fuego acercándose y una fría realidad la golpeó: si no escapaba, las llamas la consumirían a ella y al bebé.
«Ayuda…», la voz de Sadie era apenas audible, un susurro débil contra el rugido abrumador de las llamas.
Cada respiración era como inhalar fuego, el humo le quemaba los pulmones y le nublaba los pensamientos. Sentía el cuerpo entumecido, pero obligó a sus dedos temblorosos a buscar el teléfono. La pantalla estaba manchada con su sangre, un cruel recordatorio del peligro en el que se encontraba. La desesperación se apoderó de ella mientras pulsaba el botón de encendido tres veces con frenética urgencia.
El teléfono marcó el número de Noah, su contacto de emergencia. Lo había configurado hacía mucho tiempo, creyendo que él siempre estaría ahí cuando más lo necesitara.
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