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Capítulo 1168:
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La mente de Kimberly se quedó en blanco durante varios latidos. Recordó que su tía había mencionado ese nombre durante el interrogatorio. Dudó y luego preguntó: «¿Es usted el jefe Vargas?».
Al otro lado de la línea, la sorpresa de Colt era palpable. «Sí, soy yo. Su tía y yo… Fuimos compañeros de colegio hace años y también somos amigos».
A Kimberly le costaba creer su explicación. Apartó el teléfono de la oreja y se quedó mirando la hora que se iluminaba en la pantalla, su silencio lo decía todo.
A esas horas, Colt y su tía estaban juntos, ¿y su tía todavía estaba dormida?
Las implicaciones eran imposibles de ignorar.
—Siento haberle molestado —logró decir finalmente, controlando cuidadosamente su voz—. Por favor, pídale a mi tía que me llame cuando se despierte. Gracias. Sin esperar la respuesta de Colt, Kimberly colgó bruscamente. Sus ojos se abrieron de par en par al darse cuenta de lo que acababa de descubrir.
Aquella revelación era totalmente inesperada. Necesitaba un momento para asimilar las implicaciones de lo que acababa de descubrir.
La mirada de Kimberly se posó en la pantalla iluminada de su teléfono por lo que le parecieron cientos de veces. Los minutos pasaban lentamente, ya eran cinco, y Mabel seguía sin responder. La inquietud se apoderó de ella, apretándole el pecho con cada segundo que pasaba.
La ominosa revelación de los guardias de la prisión la atormentaba: Levi, consumiéndose en los últimos estertores del cáncer de pulmón, con los días contados. La determinación brilló en sus ojos como un relámpago lejano mientras apartaba las sábanas de la cama del hospital y se levantaba con renovada resolución, acercándose a la puerta con pasos decididos.
La paciencia nunca había sido su virtud, ni la resignación su compañera. La inacción era simplemente intolerable.
Tenía que enfrentarse a Levi, desentrañar este misterio por sí misma.
En lo más profundo de su corazón, se aferraba a la desesperada esperanza de que la revelación de los guardias fuera solo una elaborada invención, un engaño cuidadosamente orquestado por titiriteros invisibles.
Kimberly cogió su teléfono y localizó el mapa del hospital donde Kenton estaba recibiendo tratamiento. Su razonamiento era lógico: si Levi realmente padecía cáncer, inevitablemente buscaría atención en ese centro en particular, donde sus registros médicos se conservarían meticulosamente.
Bajó apresuradamente las escaleras, con la huida a punto de consumarse, hasta que se topó con los vigilantes apostados en la entrada del hospital, cuya presencia supuso un obstáculo inesperado.
—Señorita Holden, las condiciones de su fianza le prohíben expresamente abandonar el recinto. Tenemos instrucciones explícitas de asegurarnos de que permanece dentro del hospital. Vuelva a su habitación y descanse. No nos obligue a tomar medidas más drásticas.
Kimberly frunció el ceño con frustración, al darse cuenta de que estaba efectivamente cautiva entre esas paredes estériles. Apretó los dedos alrededor del teléfono mientras suplicaba: «Agente, me enfrento a una situación urgente que no puede esperar. Le doy mi palabra de que no saldré de Javille. ¿No podría hacer una excepción? O podría acompañarme. ¡Por favor!».
Los agentes intercambiaron miradas ante su desesperación, dudaron momentáneamente en su decisión, pero finalmente se mantuvieron firmes. «Lo sentimos, nuestras órdenes son inequívocas. Vuelva a su habitación, por favor».
Kimberly se puso aún más nerviosa. Entrecerró los ojos con aire calculador. «¿Y si insisto en marcharme hoy?».
La desaparición de Levi, junto con los rumores de una enfermedad terminal, formaban una ecuación aterradora en su mente. Si esos rumores contenían siquiera una pizca de verdad…
Sus pensamientos se alejaron de esa conclusión, incapaces de atravesar un terreno emocional tan peligroso. La sola idea de la muerte de Levi siempre le había parecido imposible.
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