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Capítulo 1416:
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Pero Lydia se había acurrucado contra los cojines del sofá, profundamente dormida.
Jeffry se arrodilló a su lado y notó las oscuras ojeras bajo sus ojos cerrados, y una punzada de dolor le atravesó el pecho. Tampoco había dormido bien la noche anterior.
Levantó la mano con infinita delicadeza, dejando que la yema de su dedo rozara apenas la delicada piel de la comisura de su ojo.
«Lydia, por favor, no me abandones», susurró para sí mismo.
Jeffry se quedó paralizado, apenas respirando, con la mirada fija en Lydia.
«Lydia… Sé que he cometido muchos errores en el pasado, pero he aprendido de cada uno de ellos. A partir de hoy, te prometo que nunca te dejaré marchar. Déjame ser quien esté a tu lado durante el resto de tu vida. Por favor… Te quiero».
Las palabras salieron entrecortadas, lejos de la confesión pulida que había esperado.
Sentía el pecho oprimido, todos los músculos tensos como un resorte. Nunca había estado tan nervioso, su corazón latía tan fuerte que juraría que Lydia podía oírlo.
Cuando la última palabra salió de sus labios, la habitación se sumió en un silencio sofocante.
Lydia no respondió. No se movió. Ni siquiera parecía estar pensándolo.
Algo en su interior le decía que la respuesta no iba a ser la que él quería. Entonces llegó, fría y cortante como el cristal.
«No voy a casarme contigo».
Las palabras de Lydia le golpearon como un puñetazo. A Jeffry se le heló la sangre y las piernas le fallaron.
«Lydia, por favor. Solo una oportunidad más. Sé que te hice daño antes y puedes castigarme como quieras. Pero el bebé, nuestro bebé, no merece pagar el precio. Déjame cuidar de los dos…».
Pero ante esa mirada indescifrable e indiferente en su rostro, su voz se fue apagando hasta convertirse en poco más que un susurro.
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Se quedó rígido, con el corazón roto y las manos temblorosas por el dolor.
Mientras tanto, la expresión de Lydia se endureció. Tenía razón. Lo estaba haciendo por el bebé. Por eso estaba allí, rebajándose a proponerle matrimonio.
Una risa amarga se le atragantó en la garganta, pero nunca llegó a salir. ¿Qué era ella para él, en realidad? Apretó la mandíbula.
—Jeffry, no me casaré contigo. Nunca.
La firmeza de su tono era como una puerta que se cerraba de golpe. El cuerpo de Jeffry pareció tambalearse, como si se hubiera abierto un hueco helado en su interior que lo enfriaba hasta los huesos. Ella dijo que nunca se casaría con él.
—Lydia… —murmuró él, con voz perdida.
Pero Lydia no tenía interés en escuchar más.
—Deberías irte. Le diré a Elena que venga a recogerme.
Elena llegó tan pronto como se enteró.
Jeffry esperó en la puerta, tan pálido como una hoja de papel.
Elena frunció profundamente el ceño.
«Jeffry, ¿qué pasa?».
Jeffry negó con la cabeza.
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