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Capítulo 1251:
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Elena observó a Boreas y se fijó en su poderosa complexión y su brillante pelaje blanco. Los mejores caballos eran conocidos por ser testarudos y solo confiaban en los jinetes que se lo ganaban.
El interés de Elena creció. «No será necesario. Será más divertido domarlo yo misma».
Celeste lo oyó y soltó una risa desdeñosa. «No deberías confiarte demasiado. Si el caballo te tira, quedarás en ridículo».
Lance expresó sus propias preocupaciones. «Boreas no es fácil de manejar. No quiero que te hagas daño».
«Un temperamento fogoso solo hace que las cosas sean más emocionantes», interrumpió Elena, eligiendo decididamente a Boreas.
Ambos competidores se pusieron sus trajes de montar y salieron juntos a la pista.
Elena, alta y elegante, conseguía lucir con estilo sin esfuerzo incluso con ropa sencilla. Una vez vestida para montar, llamaba la atención por su elegancia.
En cuanto Lance la vio, sus ojos se iluminaron con asombro. Elena estaba deslumbrante. Casi pensó que parecía salida de un sueño, con su largo cabello recogido y sus delicados rasgos resplandecientes. No necesitaba joyas ni maquillaje sofisticados.
Su corazón se aceleró mientras gritaba: «¡Vamos, El! ¡Demuéstrale lo que sabes hacer!». Con una sonrisa tranquila y relajada, Elena miró a Lance y captó su ánimo.
Lance sintió que su corazón se aceleraba. La ausencia de Alleyne era una bendición. Si veía a Elena así, sus sentimientos solo se intensificarían y le resultaría imposible seguir adelante.
Un silencioso recordatorio pasó por la mente de Lance. «Esta es El. Es a quien admiras. Controla tus pensamientos».
Respiró hondo, se esforzó por calmar sus nervios y se concentró en la acción que se desarrollaba en la pista de carreras.
Cuando comenzó la carrera, Celeste chasqueó el látigo y envió a su caballo a toda velocidad. Una sonrisa de satisfacción apareció en su rostro cuando miró hacia atrás a Elena.
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Mientras tanto, Elena acababa de montarse en Boreas, pero el caballo no parecía dispuesto a cooperar. En lugar de dirigirse hacia la pista, Boreas daba vueltas en círculos, haciendo todo lo posible por tirarla.
Una oleada de preocupación invadió a Lance, y su corazón comenzó a latir aún más fuerte. Boreas realmente no dejaba que nadie más lo montara. El peligro era real: Elena podía lesionarse fácilmente.
Aun así, Elena mantuvo la compostura. Sus manos sujetaban las riendas con firmeza y sus piernas presionaban con fuerza los costados del caballo. Boreas se encabritaba y se retorcía, pero ella se negaba a ceder.
Boreas no tardó en comprender que no podía deshacerse de ella.
De repente, se encabritó tanto que su espalda se arqueó casi noventa grados.
Por una fracción de segundo, Elena salió despedida de la silla, y parecía que iba a caer.
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