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Capítulo 211:
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«Tenerte en mi empresa como mi asistente y dejarte pasar tiempo con Sylvie… ¿no crees que eso dice lo suficiente de mi confianza?».
Un escalofrío se coló en la mirada de Evan, y su actitud se volvió fría. «Si hubiera dudado de ti aunque fuera una sola vez, el mero hecho de que interactuaras con Sylvie habría sido motivo suficiente para que desaparecieras. Sin preguntas».
Al observar su rostro, Kathryn se dio cuenta de que estaba lejos de estar satisfecho. Quizá incluso sintiera que había malgastado su confianza.
Aun así, ella entendía lo rápido que podía cambiar la lealtad de la gente. Al fin y al cabo, ambos sabían que sacaban algo de todo esto.
En lugar de seguir discutiendo, retiró la mano y respondió en voz baja: «Ya veremos qué pasa. Si sigues confiando en mí cuando importe, sabré que tenía razón sobre ti».
Se produjo un silencio pensativo mientras Evan la observaba. Al cabo de un rato, asintió levemente con la cabeza. «Si llega ese momento, no te decepcionaré».
Por un instante fugaz, pareció como si sus vidas —tan llenas de cicatrices y secretos— hubieran encontrado por fin un frágil punto de conexión.
Sin embargo, el recuerdo de la delicada salud de su abuelo volvió a asomarse, ensombreciendo la expresión de Evan.
«Por ahora, esto quedará entre nosotros. Buscaré el momento adecuado para hablar con mi familia y, entonces, decidiremos cómo seguir adelante».
Kathryn tampoco tenía intención de precipitarse. Inclinando la cabeza pensativa, dijo: «Esto me da espacio para averiguar si esto es lo que realmente quiero».
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Los dos se quedaron en silencio, un silencio apacible que solo rompía el susurro del viento.
De repente, Kathryn levantó la mano y se dio una fuerte palmada en el brazo. El movimiento repentino hizo que Evan diera un respingo.
«¿Qué pasa?».
«Solo estoy ahuyentando a los mosquitos», respondió Kathryn, mirándolo de reojo, con un tono de voz teñido de exasperación juguetona. «Tú vas abrigado como si fuera invierno, y yo estoy aquí fuera con los brazos y las piernas al descubierto, como un bufé libre para los bichos».
Levantó los brazos para mostrar una hilera de ronchas rojas e inflamadas.
«Llevan un rato persiguiéndome. Ya no podía más».
Una sonrisa poco habitual se dibujó en los labios de Evan mientras le cogía los brazos y la acercaba suavemente hacia sí. «Déjame echar un vistazo».
Bajo la tenue luz dorada, la piel de Kathryn parecía increíblemente luminosa, invitando al tacto. Evan no pudo evitar frotarla suavemente un par de veces, solo para encontrarse con la mirada divertida de Kathryn cuando levantó la vista.
Intentando recuperar la compostura, carraspeó. «Deberías ponerte un poco de crema en estas marcas e intentar no rascarte. Te quedarán cicatrices si no tienes cuidado». Por supuesto, Kathryn ya lo sabía, pero su voz suave hizo que se tomara el consejo muy en serio.
Al darse cuenta de que ella seguía mirándolo fijamente, Evan sintió cómo un rubor le subía por el cuello. Con un atisbo de vergüenza, levantó la mano y le tapó los ojos. «Deja de mirarme así».
Había algo en la forma en que ella ladeaba la cabeza y en sus ojos brillantes —especialmente después de su conversación sobre el matrimonio— que le hacía difícil no darle demasiada importancia al momento.
Las largas pestañas revolotearon cuando Kathryn parpadeó, rozando su palma como un susurro.
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