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Capítulo 905:
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Querían a Evelina muerta, sí, pero en silencio, sin testigos, con su cuerpo entregado como trofeo para sus rituales oscuros.
Sin embargo, fue precisamente su orgullo y su cautela lo que le dio a Evelina una oportunidad de pelear.
Aprovechando el terreno accidentado a su favor, Evelina se movía como una sombra entre piedras y follaje, cortando, esquivando y tejiendo con precisión feroz. Su agilidad convirtió el campo de batalla en su aliado, cada roca y cada pendiente un arma en sus manos.
Ronda tras ronda, bailó con la muerte. Con cada enfrentamiento, los Hijos de la Muerte se reducían: la mitad de ellos ya muertos o retorciéndose en el suelo, sujetándose heridas que nunca vieron venir.
Pero Evelina no salió ilesa. La sangre le brotaba de cortes en los brazos, las piernas y el costado, superficiales pero numerosos. Los músculos le ardían, la respiración se le entrecortaba. En las breves pausas entre ataques, espolvoreaba sus heridas con un polvo medicinal fino de una bolsita en su cinturón: arreglos rápidos para calmar el escozor y detener el sangrado. Pero no era suficiente.
Su cuerpo empezaba a traicionarla.
Y entonces, el látigo de Marlowe volvió a dar en el blanco, enroscándose con fuerza alrededor de su pierna y haciéndola perder el equilibrio. Cayó al suelo con fuerza, un giro repugnante disparándole dolor por el tobillo.
Rechinando los dientes, buscó en un pliegue escondido de su cuello y sacó una sola pastilla negra, no más grande que un grano de arroz. Se la llevó a los labios y la tragó.
No era una droga cualquiera: era una de su propia creación. Un potenciador biológico diseñado para desbloquear las reservas latentes de su cuerpo, forzándola a un estado temporal de máximo rendimiento, elevando su fuerza, velocidad y reflejos.
Pero la pastilla venía con un costo brutal. Efectos secundarios como el insomnio, la caída del cabello, el deterioro de la memoria, e incluso infertilidad temporal, eran el precio de su poder.
Ya había pagado ese precio una vez: cuando tomó dos pastillas para rescatar a Kristina. Esa misión la había dejado quebrantada y postrada en cama por casi un año después de huir de la fortaleza de los Hijos de los Dioses.
𝖫𝖺𝗌 𝗍𝖾𝗇𝖽𝖾𝗇𝖼𝗂𝖺𝗌 𝗊𝗎𝖾 𝗍𝗈𝖽𝗈𝗌 𝗅𝖾𝖾𝗇 𝖾𝗇 𝗇𝗈𝗏𝖾𝗅𝖺𝗌𝟦𝖿𝖺𝗇.𝖼𝗈𝗆
La pastilla empezó a disolverse en su lengua, su sabor amargo y metálico como veneno. Pero esa amargura la mantenía anclada: ojos agudos, nervios tensos.
Mientras la oleada de fuerza inundaba su sistema, Evelina se retorció entre los ataques y salió disparada hacia el bosque al costado del camino, desapareciendo entre las sombras de los árboles.
«¿Tratando de huir? ¡Sobre mi cadáver!» rugió Marlowe. «¡Todos… tras ella!»
Los Hijos de la Muerte que quedaban se lanzaron en su persecución, cada uno una élite por derecho propio: implacables, entrenados, incansables.
Incluso con el impulso de la pastilla, Evelina sabía que no podría enfrentarlos a todos en una pelea prolongada. Golpeaba cuando podía, destrozando una rodilla, cortando otras costillas, pero no se detenía. Su única esperanza era la velocidad, la distancia y el terreno.
«¡No dejen que escape!» gritó Marlowe, subiendo la apuesta. «¡Tráiganme su cabeza y hago segundo al mando al que lo logre!»
Esa promesa les encendió la sangre. Cada hombre empujó más fuerte, más rápido, más letal. Evelina corrió a través de los árboles, su respiración aguda y rápida, y entonces el suelo desapareció bajo sus pies. No tuvo tiempo de reaccionar. En un instante, cayó al torrente helado de un arroyo de montaña más abajo.
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