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Capítulo 44:
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Pero a su edad, el amor ya no tenía sentido. Con una sonrisa hastiada, dijo: «Mientras Julian no se divorcie de ti, esa mujer no puede sustituirte. Eso es lo que quiero decirte: deja de preocuparte por los sentimientos. Lo que realmente cuenta es el dinero. Solo aférrate a Julian, y la riqueza siempre estará a tu alcance».
Katherine se quedó mirándola en silencio a la cara.
Hace tiempo que había aceptado que su madre no la quería de verdad.
Pero, de alguna manera, seguía doliendo cada vez.
Cuando su familia se arruinó, Katherine había cargado con todo el peso ella sola. Su madre nunca le había mostrado cariño, y ahora también intentaba controlar su futuro.
Ivy perseguía el estatus, la riqueza y la admiración, desesperada por volver a la cima de la ciudad. Ni una sola vez se le ocurrió preguntarse si su hija era siquiera feliz.
Katherine negó lentamente con la cabeza. «Mamá, no voy a repetirme otra vez. Y no quiero volver a oír este tipo de discurso».
La paciencia de Ivy comenzó a resquebrajarse ante la resistencia de su hija. Quería estallar, tal vez gritar, pero se contuvo. Sabía muy bien que su supervivencia dependía ahora de Katherine.
Katherine dudó, y luego añadió: «Además, yo me encargaré de las facturas médicas de Austin y del caso de papá. No vayas a pedirle favores a Julian a mis espaldas».
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Ivy no dijo ni una palabra. Simplemente se dio la vuelta y se marchó, sin siquiera mirar atrás.
Justo en ese momento, Austin se despertó. En cuanto vio a Katherine, una gran sonrisa se dibujó en su rostro.
«Kathy», la llamó en voz baja.
Sus ojos claros e inocentes le calentaron el corazón. Dio un paso adelante para hablar, pero Ivy la interrumpió con frialdad. «Deberías irte. No somos más que un lastre. No tiene sentido que pierdas el tiempo aquí».
Austin, aún absorto en sus pensamientos, no entendió el tono severo. Lo único que hizo fue estirar los brazos para que su hermana lo abrazara. Ivy lo apartó bruscamente. «¡Túmbate!», le ordenó.
Austin se estremeció, agarrándose el brazo con dolor mientras dejaba escapar un suave gemido. A Katherine se le encogió el corazón de pena. Corrió hacia él y le secó las lágrimas con delicadeza.
Pero Austin se fijó en sus ojos llorosos. Confundido, levantó la mano y le tocó la mejilla.
«¿Tú también te has hecho daño?», preguntó Austin, con voz suave y llena de preocupación.
Sopló suavemente sobre su mejilla, tratando de que el dolor desapareciera. «No estés triste».
A Katherine se le hizo un nudo en la garganta, pero se las arregló para sonreír. «No, cariño, no estoy herida. Pero tienes que ser fuerte y tomarte la medicina para que te recuperes pronto, ¿de acuerdo?»
Austin hinchó las mejillas y le dirigió una mirada suplicante. «Entonces tienes que venir a verme mucho, ¿me lo prometes?»
Katherine asintió con una suave risita. «Te lo prometo».
El amor familiar y la amargura se habían entrelazado tan estrechamente que Katherine no podía separarlos.
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