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Capítulo 397:
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La verdadera ventaja de Julian, sin embargo, era que el corazón de Katherine le pertenecía por completo. Hacía alarde de su arrogancia porque sabía exactamente qué le daba ese derecho.
Sin que él lo supiera, Louisa no se había ido a ninguna parte. A poca distancia, permanecía inmóvil, viendo cómo el coche se alejaba en la noche. El dolor ensombreció su expresión, entremezclado con un resentimiento silencioso.
Después de todos esos años, era devastador ver lo poco que parecía importarle ahora.
¿En qué se había equivocado?
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Últimamente, se había retorcido como un nudo, arañando para volver a entrar en su mundo, degradándose a sí misma con cada paso. Era patético.
Era hora de tomar un atajo. Si eliminar a Katherine era el camino más rápido, que así fuera.
Recuperando la compostura, Louisa reunió un puñado de regalos y se dirigió a la finca de los Nash, decidida a visitar a Camille.
Desde el desastre del cumpleaños, Camille se había vuelto una reclusa. Eloise le había dicho a Camille que había sido una trampa de Katherine. Ahora, el resentimiento de Camille no había hecho más que aumentar.
Camille no se molestó en intercambiar cortesías cuando vio a Louisa. Sus ojos destellaron irritación. —Estás perdiendo el tiempo. Julian está fuera de control. No hay nada que yo pueda hacer.
Louisa, sin embargo, mantuvo la compostura como si fuera una armadura. «¿De verdad puedes vivir con esta humillación? Tú sigues estando en tu mejor momento, y Eloise sigue siendo una chica inocente. Cada vez que cedes terreno, Julian solo se excede más. ¿No es hora de que pienses en lo que vendrá después?».
Esa chispa detrás de las palabras de Louisa —ese fuego— le recordó a Camille algo inquietante.
Eran del mismo molde. Por eso precisamente Camille nunca había confiado en ella. Aun así, Katherine era aún más insoportable.
«¿Qué quieres?», preguntó Camille con voz cortante, al límite de su paciencia.
Louisa se inclinó hacia delante, ofreciéndole su plan como un regalo envuelto en seda. «Si puedo casarme con Julian, tendré prestigio en esta familia. Siempre recordaré el favor que tú y Eloise me hicisteis. Vamos, Camille. Katherine formó parte de la familia durante tres años. No intentes decirme que nunca te metiste con ella».
Por una fracción de segundo, algo brilló en los ojos de Camille. Louisa había dado en el clavo: había desenterrado un viejo secreto, uno que no estaba segura de que aún pudiera inclinar la balanza.
A Katherine le costaba mucho dejar de llegar temprano.
Ya estaba sentada en el restaurante cuando llegó Julian, con la servilleta doblada y los platos pedidos. Todo lo que había sobre la mesa había sido cuidadosamente elegido: ni un solo ingrediente que pudiera desencadenar sus alergias.
Julian no dijo gran cosa. No estaba allí por la comida.
Con una emoción apenas contenida, Katherine empezó a hablar de sus recientes logros. Sus ojos brillaban con una especie de alegría que hacía imposible apartar la mirada.
Julian se llevó el vaso a los labios y bebió a sorbos. Su mirada no se apartó ni un solo instante de su rostro.
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