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Capítulo 396:
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Julian le echó un vistazo rápido.
No había duda: Louisa siempre había sido perspicaz. En cuanto a sentido de los negocios, superaba con creces a Ernest.
Lo hojeó rápidamente y, sin decir palabra, dejó caer la carpeta en el asiento trasero de su coche.
Justo entonces, sonó su teléfono: era Ernest.
Julian supuso que la llamada era sobre Louisa, pero, para su sorpresa, Ernest sacó a relucir a Effie.
Furioso, Ernest espetó: «Estás divorciado de Katherine, ¿no? Entonces, ¿por qué sigues entrometiéndote? ¿Estás intentando ponerte en mi camino a propósito?»
Una sonrisa fría se dibujó en los labios de Julian. Ya había calado la estratagema de Ernest: este le había enviado a Effie esas fotos, cuidadosamente sincronizadas, con la esperanza de ponerla en contra de Katherine. Luego se abalanzaría como el salvador y se la ganaría.
Por desgracia para él, Julian había intervenido y echado por tierra todo el plan. Sin malgastar saliva en discusiones, le envió a Ernest una dirección.
Ernest dudó, dividido entre la ira y la sospecha. «¿Qué es esto, una cena de disculpa?».
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El tono de Julian fue seco. «Katherine y yo cenamos allí esta noche. Pásate si quieres mirar».
Durante varios largos segundos no se oyó ningún sonido al otro lado de la línea. Por fin, se escuchó la voz de Ernest, más suave de lo habitual, pero tensa. «Julian, ¿vas en serio con lo de Katherine?».
A Julian se le escapó una suave risita. «¿La quieres?».
No tenía sentido mentir. Julian respondió con franqueza: «¿Me quedaría si no fuera así? De lo contrario, no tendría sentido».
Ernest soltó una risa seca y amarga. «Así que tú también has caído. La última vez que me llamaste, solo se trataba de marcar territorio. No finjas que alguna vez la viste como algo más que un refuerzo para tu orgullo».
Julian no dijo nada. Sabía perfectamente lo real que era el daño, y se negó a seguir el consejo de Ernest. Afuera, las farolas parpadeaban sobre el rostro de Julian mientras el coche se deslizaba por la noche, con las sombras ocultando lo que realmente sentía.
«Si estás tan enamorado, ponte a la cola», se burló Ernest. «Quizá, si la suerte te acompaña, acabes liderando la manada algún día».
Eso fue la gota que colmó el vaso. «¿Qué? ¿Es ella algún tipo de premio para ti?»
La burla de Julian era inconfundible. «¿Y tú crees que eres mejor? Has tratado a las mujeres como si fueran agua, y ahora te comportas como un hombre fiel. Si conquistarla no está funcionando, deja de señalar con el dedo y mírate a ti mismo. ¿De qué te sirve este berrinche? ¿Darte cuenta de que no eres tan invencible como creías?»
Al otro lado de la línea, Ernest hervía de rabia, con la mandíbula apretada y las manos cerradas en puños. Nunca le había faltado experiencia con las mujeres, pero Katherine era diferente. Ella le había salvado la vida una vez, una deuda que nunca podría saldar cruzando ningún límite.
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