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Capítulo 333:
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Un aullido se escapó de la garganta del matón mientras se derrumbaba, con la sangre derramándose por el corte que le atravesaba el cuero cabelludo y manchándole la cara de rojo.
Katherine nunca había visto una violencia tan desenfrenada tan de cerca. En lugar de horror, sintió una extraña y feroz satisfacción. Cada gramo de la ira que había reprimido estalló por fin a través de las despiadadas acciones de Julian.
Julian ni se molestó en mirar más al hombre. Agarrándolo bruscamente por el cuello, lo levantó sin esfuerzo y gruñó: «¿No te lo advertí? ¿No te dije claramente que nunca le pusieras un dedo encima?». El dolor dejó al hombre calvo sin habla, retorciéndose impotente.
Julian lo lanzó al suelo de nuevo antes de que pudiera suplicar. Desesperado por huir, el hombre se arrastró frenéticamente por el suelo. Cuando Julian se dirigió hacia otra silla, Katherine gritó de repente, con voz aguda: «¡Julian! ¡Apunta a su pierna derecha, ya cojea!».
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Julian se giró bruscamente hacia ella. Pero en lugar de agarrar la silla, se dirigió directamente hacia el hombre calvo y le pisoteó con saña el tobillo izquierdo, aplastándoselo sin piedad. Un aullido de agonía llenó la habitación.
Había un tono frío en la voz tranquila de Julian. «¿Has oído hablar alguna vez del equilibrio, idiota? Si un lisiado intenta huir, le rompes la pierna buena. Así no va a ninguna parte».
Katherine seguía temblando de pies a cabeza. Pero entre los temblores se escuchó una risa entrecortada y quebrada.
Una vez que se deshicieron del matón, Julian se agachó junto a Katherine y comenzó a aflojar las cuerdas que le ataban las muñecas. Las palabras que ella había gritado por teléfono aún resonaban en sus oídos: feroces, inflexibles. Soltó una risa seca. «¿No sonabas intrépida hace un momento? ¿Qué ha pasado? De repente te has quedado callada. Pensaba que estabas lista para morir con unas últimas palabras dramáticas».
A Katherine no le quedaba ni una pizca de fuerza en el cuerpo. Ahora que él estaba cerca, el tenue aroma que se aferraba a su ropa la envolvió. Se sentía como algo sólido. Como seguridad. Como un muro entre ella y todo lo que había sucedido. Pero también le hacía sentir las extremidades más pesadas; sus fuerzas se desvanecían aún más rápido.
«Nunca pensé que sobreviviría a esto», susurró, con voz ronca y apenas audible.
Las manos de Julian se movieron con rapidez, desatando el último nudo mientras alzaba la mirada hacia ella. Sus rostros estaban tan cerca que cada respiración chocaba con la otra. El silencio a su alrededor vibraba al ritmo de dos latidos frenéticos.
Todo lo que ella intentaba ocultar —el miedo, la impotencia, el agotamiento— se reflejaba en su rostro. Él no dijo nada, pero su silencio rugía. Ella podía sentir la ansiedad que se escondía tras su calma. La habían secuestrado. Y él casi había perdido la cabeza para llegar hasta ella.
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