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Capítulo 328:
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«¿Se encuentra mal?», preguntó Katherine, retrocediendo sutilmente. «¿Debo llamar a asistencia médica?».
Su inquietud se intensificó y, instintivamente, se dispuso a salir. Pero el gerente reaccionó con una rapidez alarmante, agarrándola de la muñeca y empujándola hacia el interior de la habitación.
La puerta se cerró de golpe tras ella, acallando sus protestas.
A Katherine se le heló la sangre mientras golpeaba la puerta. Con el rabillo del ojo, detectó otra presencia en la habitación. Su cuerpo se paralizó de terror.
Apoyado contra la pared con una indiferencia calculada, masticando chicle, estaba Britton. La miró fijamente con una sonrisa depredadora, con intenciones que irradiaban malicia.
Julian terminó su último trabajo y echó un vistazo a su teléfono. La llamada perdida de Katherine le devolvía la mirada. Frunció el ceño mientras marcaba su número, pero sonó sin obtener respuesta.
Sin pensárselo dos veces, cogió las llaves del coche y salió a toda prisa, dirigiéndose directamente al restaurante.
Al llegar, le recibió otra encargada: una mujer perspicaz y sensata que levantó la vista de su portapapeles. La mirada de Julian se posó inmediatamente en la mesa que había reservado, ahora ocupada por otra pareja.
—¿Por qué está ocupada mi mesa? —preguntó, visiblemente molesto.
La mujer parpadeó, tomada por sorpresa, pero se recuperó rápidamente. —Señor Nash, la reserva se trasladó a uno de nuestros salones privados esta tarde. Reasignamos su mesa anterior en consecuencia.
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Julian apretó la mandíbula. —Quiero hablar con el gerente de esta mañana. Ahora mismo.
La mujer se apresuró a buscar a su colega, solo para regresar momentos después con la noticia de que el gerente se había tomado el día libre. Le indicó a Julian que la siguiera y lo condujo hacia el comedor privado.
Julian entró, recorriendo el espacio con la mirada: estaba vacío. Ni rastro de Katherine. La llamó de nuevo. Esta vez, la línea se quedó en silencio. Su teléfono estaba apagado.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo, oprimándole las entrañas como un tornillo de banco. Se volvió hacia el gerente, entrecerrando los ojos. «¿Dónde está la mujer que entró conmigo hace un rato?».
El gerente se puso tenso, inseguro. «Estaba aquí, creo… pero no sé cuándo se fue».
Estaba haciendo conjeturas. El restaurante había sido un torbellino de actividad y era imposible que ella hubiera llevado la cuenta. Sin decir nada más, Julian se puso en pie de un salto y se dirigió hacia la puerta, decidido a ir a la oficina de Katherine.
Pero justo cuando llegó al umbral, algo en el suelo reluciente le llamó la atención. Un único pendiente de perla blanca, con el borde manchado por una tenue raya roja.
Se le hizo un nudo en el estómago mientras se agachaba y lo recogía. Lo reconoció al instante: Katherine lo había llevado puesto esa mañana. Y ahora estaba manchado de sangre.
El tipo de detalle que gritaba «lucha». Su mente se llenó de imágenes desgarradoras: Katherine, herida y sola.
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