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Capítulo 1176:
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—Hola —dijo Hamilton con una voz increíblemente neutra, sin dar ninguna pista de si estaba contento o enfadado.
—Papá, solo necesito confirmar algo. ¿Me has enviado a Ghost? —preguntó Nikolas, lanzando una mirada de satisfacción a Daniela, ya convencido de que tenía la sartén por el mango.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea.
Nikolas frunció el ceño, preguntándose si se había cortado la llamada. —¿Hola? —preguntó, confundido.
Unos segundos más tarde, Hamilton finalmente habló, pero su voz era inquietantemente amable, tan desconocida que Nikolas se puso tenso. —Hola, señorita Harper. Parece que mi hijo ha hecho el ridículo delante de usted. ¿O prefiere que la llame Clarinda?
Nikolas se quedó paralizado, completamente estupefacto.
Se quedó con la boca abierta, como si hubiera olvidado cómo cerrarla. Nunca en su vida había oído a Hamilton hablar con tanta calidez, con una amabilidad tan inquietante.
Desde un lado, observó el perfil afilado de Daniela, con una incómoda sensación de peso en el pecho: nunca se había sentido tan frágil como heredero.
—Los títulos no me importan —dijo Daniela con frialdad—. Sin embargo, tus acciones sí.
Era un desafío: claro, directo e imposible de ignorar.
Un escalofrío recorrió la espalda de Nikolas. Se preparó, esperando que el temperamento de Hamilton estallara.
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Sin pensar, dio un paso atrás, esperando lo inevitable: el golpe del teléfono, la explosión de ira.
Pero, para su sorpresa, Hamilton no estalló, sino que se echó a reír. Una risa rica y sincera.
—Solo era una prueba, no hay necesidad de ponerse tan tenso. Te has ganado a pulso tu reputación como líder de Cealmaur. Incluso manejar a Ghost te ha resultado fácil.
Daniela arqueó ligeramente las cejas.
Ella no le había hecho nada a Ghost.
Pero si Hamilton lo creía, entonces Ghost debía de haber hecho algo esa tarde.
Entonces, ¿quién se había ocupado de Ghost?
Daniela no tenía respuestas, pero sentía una deuda silenciosa con quienquiera que hubiera protegido a Cedric.
Así que siguió el juego, decidiendo proteger a la figura desconocida y alimentar la mentira de Hamilton.
Su voz se mantuvo firme, pero la advertencia fue tajante. «Asegúrate de que no haya una próxima vez, o Nikolas podría no volver a Oiscoll con vida».
Nikolas tragó saliva, sin saber qué decir.
Hamilton, imperturbable como siempre, habló como un anciano cariñoso, con voz suave y una sonrisa. —Daniela, ¿puedo llamarte así? ¿Cuándo vendrán Cedric y tú a visitar Oiscoll? Me encantaría tener el placer de conocerlos a los dos.
La invitación estaba clara: tentadora, pero con una intención oculta.
Daniela no era tan imprudente como para entrar en el territorio de Hamilton y darle ventaja. —Ya veremos. Y una última cosa: no presiones a Cedric para que haga nada en contra de su voluntad. No te gustará lo que pase si lo haces.
Hamilton se rió entre dientes, con aire cómplice.
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