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Capítulo 429:
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«Nene… por favor. No puedo aguantar más».
Renee se sintió atraída por sus palabras, y se le cortó la respiración mientras tragaba saliva. Con un suave susurro, extendió la mano y le ayudó a quitarse la ropa con delicadeza. Aunque ya había pasado por esto antes, el calor aún la sorprendía.
«Buena chica. Siéntate encima de mí, ¿quieres?», susurró William.
Renee lo miró, sin palabras.
¿Buena? Eso era discutible.
Aun así, no iba a negarse a sí misma.
En el momento en que pasó la pierna por encima y se acomodó, las manos de William ya estaban en su cintura, acercándola con impaciente urgencia.
No estaba lo suficientemente húmeda y el dolor agudo la tomó por sorpresa. Abrió los ojos con sorpresa. Le temblaban las piernas y tenía la zona íntima dolorida e hinchada.
Agarrándose a los hombros de William, Renee jadeó en busca de aire.
—¡William! ¡Más despacio, por favor!
William la escuchó y se quedó quieto, como esperando a que ella tomara la iniciativa. La intención era clara: ese momento lo controlaba ella.
Sus dedos fríos recorrieron su suave espalda, moviéndose lentamente, con vacilación. Cuando ella se movió, la mano de William encontró la nuca de ella y la sujetó con delicadeza.
En el momento en que sus labios se acercaron a su piel, ella le lanzó una advertencia.
—¡No me muerdas el cuello!
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William soltó un chasquido juguetón, fingiendo impaciencia.
«Entonces, ¿dónde puedo morder?».
Sus piernas parecían gelatina. Agarrándose a su camisa, apretó los dientes y murmuró
«¡En cualquier parte excepto en las partes expuestas!».
William sonrió con picardía, con un brillo travieso en los ojos.
«¿Y tu pecho?».
Renee le lanzó una mirada severa, completamente sin palabras.
¿Hablaba en serio?
Ante su silenciosa acusación, él no siguió adelante. En cambio, la agarró por la cintura y empezó a mover las caderas sin esfuerzo. El movimiento repentino, junto con las ocasionales sacudidas del coche, le provocó una conmoción en todo el cuerpo, haciéndola sentir como si sus entrañas se estuvieran desmoronando.
En ese momento, la canción terminó y el coche quedó en un silencio repentino, haciendo que cada sonido pareciera increíblemente fuerte.
A Renee le ardía la cara.
«Más despacio… por favor», susurró, temerosa de que el conductor la oyera.
Pero a William no le importaba. Se centró en su punto más sensible, tocándolo una y otra vez.
Renee sintió que estaba perdiendo la cabeza. Agarrándole por los hombros, se preparó, obligándose a aguantar. Afortunadamente, cuando la música volvió a sonar, por fin pudo soltar algunos gemidos incontrolados.
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