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Capítulo 985:
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El álbum era un festín para la vista: vestidos que brillaban con ingenio, telas confeccionadas con un cuidado tan meticuloso que parecían casi vivas, cada diseño más deslumbrante que el anterior.
Brinley hojeó las páginas con naturalidad, deteniendo el dedo en un vestido discreto, una visión color champán en toda su sencillez. —¡Este me vale! —dijo por fin—. La sencillez aporta comodidad.
—¡Perfecto! —la voz de Clarice resonó con inmediato asentimiento, pero un destello de picardía bailó en sus ojos, desapareciendo en un instante.
Al amanecer del día de la celebración, Clarice despertó a Brinley de su acogedor nido de mantas con una emoción que apenas podía contener. En cuestión de segundos, un equipo profesional de estilistas invadió el dormitorio como una máquina bien engrasada. El peinado, el maquillaje, el vestido… cada detalle recibió una atención meticulosa. Tras lo que parecieron horas de exquisita preparación, la mirada de Brinley se fijó en el espejo y se quedó paralizada.
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El reflejo era impresionante. Cada rasgo refinado, cada contorno luminoso. Pero el vestido… no era el color champán que ella había elegido. Era blanco, radiante, un vestido tan exquisito que podría haber adornado una boda real.
«¿No es esto un poco… excesivo? ¡Clarice, yo elegí específicamente el color champán!», resopló Brinley, frunciendo el ceño al espejo, con una mezcla de confusión y asombro.
«Oh, hubo un pequeño problema de última hora con ese, así que me tomé la libertad de elegir este en su lugar», mintió Clarice con naturalidad mientras se colocaba detrás de ella, alisando la tela con destreza. «¡Pero oye, mírate! ¡Estás absolutamente impresionante! Esta noche, sin duda alguna, ¡serás la estrella de la velada!».
Aunque una pizca de inquietud le pasó por la mente, Brinley decidió no darle importancia. Se cogió del brazo de Clarice y salieron juntas.
La fiesta de cumpleaños tuvo lugar en una finca privada a las afueras de Bleron, enclavada entre montañas y ríos sinuosos, un lugar pintoresco que Austin había adquirido específicamente para esta ocasión. En el momento en que Brinley entró en el salón de banquetes, del brazo de Austin, se le cortó la respiración.
No había globos, ni serpentinas, ni pancartas de cumpleaños evidentes. En su lugar, el salón resplandecía bajo el suave parpadeo de la luz de las velas, con cada mesa adornada con cascadas de rosas blancas que bañaban cada superficie con un resplandor suave y romántico. Las delicadas notas de un violín flotaban a su alrededor, y los invitados, resplandecientes con sus mejores galas, le ofrecían cálidas sonrisas y felicitaciones.
Aquello no era una fiesta de cumpleaños. Era… una boda, meticulosamente coreografiada hasta el último detalle.
Brinley apenas tuvo tiempo de asimilarlo antes de que las luces se atenuaran y la sala se sumiera en la penumbra y la expectación. Una gran pantalla cobró vida al fondo, proyectando un resplandor sobre la silenciosa multitud. En ella se reproducía un montaje de su vida con Austin, desde la chispa de su primer encuentro, pasando por los tiernos días en los que se enamoraron, hasta los innumerables momentos en los que criaron juntos a sus dos hijos; cada recuerdo era un silencioso latido en su historia compartida.
«Brinley».
La profunda voz de Austin le llegó desde atrás, haciendo que se le acelerara el corazón. Se dio la vuelta y allí estaba él, arrodillado, con un diamante que reflejaba la luz en su mano.
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