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Capítulo 778:
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La sonrisa de Juliet se desvaneció. Una ola fría de inquietud la invadió —aguda y repentina, oprimiendo su pecho—. Antes de que pudiera siquiera procesar sus palabras, la enorme pantalla LED detrás del podio cobró vida con un parpadeo.
Pero no era la confesión que había ensayado en su mente mil veces. Eran imágenes de vigilancia.
La imagen se nítida en un escenario familiar: la sala de la directora ejecutiva del Grupo Moore. En la pantalla, Juliet parecía tranquila y metódica. Le quitó el abrigo a Austin con manos cuidadosas, luego metió la mano en su bolso y sacó una pequeña botella. Vertió el líquido lentamente, deliberadamente, sobre las sábanas y luego sobre sí misma. No hubo vacilación. Ni pánico. La naturalidad de sus movimientos dejó una cosa terriblemente clara: no era la primera vez que lo hacía.
Todo el recinto quedó sumido en un silencio sepulcral. Incluso el aire parecía haberse endurecido.
Entonces estallaron los susurros.
«¿Qué… qué es eso?»
«Dios mío… espera… ¿eso significa que aquella noche… lo montó todo ella misma?»
Juliet palideció. Se quedó mirando la pantalla como si le hubiera caído un rayo, con la mente en blanco, el cuerpo temblando tan violentamente que apenas podía mantenerse sentada.
No. No… eso era imposible.
Se había asegurado de que se borraran todas las grabaciones de seguridad, y había pagado generosamente por ello. Entonces, ¿cómo? ¿De dónde había salido esto?
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Melvin y el resto de los Armstrong se quedaron rígidos, con el rostro sombrío como una tormenta, como si alguien les hubiera arrancado el suelo de debajo de los pies. Nunca habían imaginado que Juliet —la deslumbrante socialité de Bleron— cayera en algo tan repugnante, tan descaradamente desvergonzado.
Y, sin embargo, esto era solo el principio.
La pantalla parpadeó y volvió a cambiar. Se reprodujo un nuevo vídeo.
Apareció un pasillo estrecho —estéril, frío, sin lugar a dudas perteneciente a una clínica privada—. La cámara siguió a una mujer que se movía con paso enérgico por el pasillo. Juliet, con el rostro oculto tras unas gafas de sol enormes y una mascarilla, mantenía la cabeza gacha mientras se deslizaba hacia una sala claramente señalizada como «Consulta de inseminación artificial».
Entonces la imagen se cortó una vez más. Un informe de ADN llenó la pantalla, sellado con el sello de una prestigiosa institución —claro, frío e innegable—. La conclusión gritaba en silencio desde la página: el feto que Juliet llevaba en su vientre no tenía conexión biológica alguna con el ADN de Austin.
Por un instante, todo el recinto se quedó paralizado. Luego, el lugar estalló.
«¿Un plan de embarazo? ¡¿De verdad utilizó tecnología para fingir un embarazo?!»
«¡Increíble! ¿Solo para meterse en una familia rica? ¡Eso es monstruoso!»
«Esto es una locura. Una auténtica locura. ¡Nunca había oído nada igual en mi vida!«
Si las imágenes de vigilancia solo los habían dejado atónitos, el informe de ADN cayó como una bofetada brutal —rompiendo el nombre de los Armstrong, haciendo añicos su dignidad, cultivada durante tanto tiempo.
Juliet se desplomó en su silla, con las mejillas completamente pálidas. Sus pensamientos se dispersaron. Le zumbaban los oídos. El mundo se tambaleó.
Antes de que pudiera recomponerse, la pantalla volvió a cambiar. Comenzó a reproducirse un archivo de audio.
«Austin ya no te quiere. Aferrarte a él solo os hará daño a los dos. Es mejor apartarse con elegancia. Así, todos mantendrán intacta su dignidad».
La voz —tranquila, calculadora— resonó por toda la sala. Era la de Juliet. Cada sílaba caía como un nuevo golpe.
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