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Capítulo 136:
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Austin parpadeó, claramente tomado por sorpresa por la pregunta de Brinley. Tras un instante, una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. «Me interesa más la mujer que está sentada aquí conmigo que cualquier piloto oculto tras un casco».
Sus ojos se posaron en ella con una sinceridad desarmante. «Tú puedes comer lo que yo cocino. El del casco no tiene ese privilegio».
Brinley sintió cómo le subían los colores a las mejillas y soltó una risita burlona. —De verdad que eres un halagador desvergonzado.
—Solo estoy exponiendo hechos —replicó Austin con ligereza, con un tono teñido de diversión—. Mañana le diré a Miguel que te traiga una serie de documentales sobre carreras, análisis en profundidad de eventos clásicos. Como estás trabajando en ese segmento de entrevistas, podrían resultarte útiles.
La sugerencia sonaba casual, pero era deliberada: una mezcla perfecta de generosidad y otro suave empujón hacia las carreras. Brinley la reconoció al instante como una de sus sutiles sondas, pero no se le ocurrió ninguna excusa lo suficientemente convincente como para rechazarla.
—Gracias —murmuró, pinchando un bocado de comida. Luego, su voz se suavizó—. Pero ver documentales solo te da teorías. Quizá… cuando tengas ocasión, ¿podrías explicármelo en persona? Está claro que sabes de coches, y nada supera al conocimiento de primera mano.
Mientras hablaba, ladeó la cabeza y le dedicó una leve y pícara sonrisa.
Si no había forma de escapar de su juego, más valía tomar la iniciativa y ver adónde les llevaba.
Austin captó la chispa de rebeldía que bailaba en sus ojos y soltó una risita ahogada. «Me encantaría».
Deslizó otra costilla en su plato con aparente naturalidad. «Vamos. Come antes de que se enfríen; no sabe igual una vez que pierden el calor».
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La cena se desarrolló en un ambiente tranquilo, en equilibrio entre la comodidad y la tensión.
Su charla pasó de las novedades sobre los proyectos de trabajo a algún que otro desvío hacia las carreras.
A medida que la conversación se alargaba, Brinley se dio cuenta de que el comportamiento de Austin no era intrusivo.
No estaba husmeando ni desmontando sus defensas. En cambio, parecía un juego sutil que se desarrollaba en silencio, uno en el que ambos conocían las reglas sin necesidad de explicarlas.
De vez en cuando, él le lanzaba una pregunta, evaluando su reacción con mirada aguda, para luego pasar sin esfuerzo a otro tema.
Un extraño cosquilleo le recorrió el pecho. La lógica le decía que se mantuviera alerta, pero en lugar de resistencia, una tranquila chispa de expectación se agitó en sus venas.
Brinley sacudió la cabeza con brusquedad, descartando ese pensamiento absurdo, y bajó la mirada hacia la costilla que la esperaba en el plato.
El glaseado agridulce le cubrió la lengua, y sus matices de sabor se hacían eco de su propio estado de ánimo: enredado, agridulce, imposible de definir.
Al otro lado de la ciudad, Milly estaba recostada en una camilla de spa acolchada, con una mascarilla de barro fresca extendida uniformemente por su rostro.
Las manos de la esteticista le masajeaban los hombros con destreza, trazando círculos lentos y firmes a lo largo de su cuello tenso.
Aunque el tratamiento debería haberle resultado placentero, una arruga permanecía grabada entre las cejas de Milly, y sus pensamientos turbulentos se negaban a aflojar su agarre. Su teléfono vibró con un mensaje seco de Colin: «Cena esta noche. No volveré».
A Milly se le oprimió el pecho mientras miraba la pantalla, con las emociones enredándose en su interior.
Desde que Brinley lanzó su llamativo proyecto inmobiliario con temática de carreras, las visitas de Colin a casa habían disminuido. En las raras noches en que aparecía, se quedaba pegado a su portátil, con el brillo de la pantalla reflejando a menudo la página de la empresa de Brinley.
La inquietud se aferraba a Milly como una sombra. El nombre de Brinley parecía rondar por todas partes: en los labios de Colin, en su trabajo, en sus pensamientos.
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