Vuelve conmigo, amor mío - Capítulo 971
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Capítulo 971:
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«¿Qué pasa, Lynda? No has entregado los trabajos y tus notas son las más bajas. De todos los alumnos de tu curso, siempre he tenido grandes esperanzas en ti y en Dunn. Pero últimamente, tu rendimiento ha bajado y ahora estás por debajo de él».
Lynda apretó los labios, sin saber qué responder.
Era cierto: últimamente había estado tan distraída que había olvidado entregar los deberes a tiempo en varias ocasiones.
«Lo siento, señor. Lo haré mejor y estaré más atenta la próxima vez».
El profesor la observó atentamente y se ajustó las gafas. «Me preocupa más tu actitud que tus notas. ¿Estás pasando por algo difícil últimamente?».
Lynda negó con la cabeza. «No, señor».
Pero el profesor creía lo contrario. «Si estás pasando por algo, puedes contármelo a mí o a cualquier persona de tu confianza para que podamos ayudarte a resolverlo. Entiendo que estás bajo mucha presión, ya que estás en tu último año, pero no pasa nada por pedir ayuda».
«Lo sé, señor».
El profesor suspiró y le devolvió el trabajo lleno de errores. «Reescríbelo y entrégamelo de nuevo».
«Lo haré. Gracias, señor».
Al salir del aula, Lynda sintió que su compostura se desmoronaba. No entendía la sombra de tristeza que se cernía sobre su corazón. ¿Esa horrible sensación se debía a un solo hombre?
Si esto continuaba, el profesor perdería la fe en ella. Incluso ella estaba empezando a despreciarse a sí misma, por no hablar de Dunn.
Pensando en cómo olvidar sus sentimientos por Dunn y acabar con esta mezquindad, Lynda caminó aturdida hacia la entrada del edificio de enseñanza.
Pero en cuanto lo vio, su ánimo se levantó al instante.
Levantó la mano, dispuesta a saludarlo, cuando lo vio abrazar a una chica.
Su mano se quedó paralizada en el aire y su mirada se posó en la sonrisa cariñosa y cálida de él mientras le revolvía el pelo a la chica. La chica se refugió tímidamente en su abrazo.
Era la primera vez que Lynda veía esa expresión en el rostro de Dunn, y ese lado de él. Estiró el cuello para ver la cara de la chica, pero la pared le impedía la vista. Entonces Dunn se movió, protegiendo completamente a la niña, como si la protegiera de las llamas de los celos de Lynda.
Lynda sintió que le picaban los ojos y, antes de que pudiera romper a llorar, se giró y se escondió detrás de una columna. Afortunadamente, no había nadie cerca para ver cómo se derrumbaba por dentro. Le dolía el corazón mientras intentaba procesar lo que acababa de presenciar.
Solía creer que Dunn era simplemente así: un exterior duro que ocultaba un corazón cálido, alguien que luchaba por mostrar afecto. Ahora lo entendía: su indiferencia era para aquellos que no le importaban. Con alguien que le gustaba, podía ser increíblemente gentil y paciente.
—¡Oye! —Aurora se sonrojó mientras se zafaba del abrazo de Dunn—. ¡Me has despeinado!
Dunn la miró fijamente. —Me debes una.
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