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Capítulo 891:
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Michael agarró las muñecas de Fiona con firmeza, mientras trataba de calmarla mientras ella le devolvía la mirada, con lágrimas en los ojos.
Michael dijo lentamente: «Traicioné a Lacey, es cierto. Pero, ¿qué ha hecho Dulce para merecer esto?».
Fiona replicó con una risa amarga: «Nada. Me ayudó. Pero recuerda, Michael, le prometí a Lacey que te cuidaría. Así que, a cualquier mujer que se acerque a ti, la mandaré a paseo. ¿Crees que puedes estar con ella? Piénsalo de nuevo».
Esta vez, los ojos de Michael sostuvieron la mirada de Fiona por más tiempo, dándose cuenta de que Fiona no era Lacey y que su responsabilidad hacia ella estaba fuera de lugar.
La acercó a él, su voz helada mientras le susurraba al oído: «Deja que te aclare esto. Incluso sin Dulce, nunca me enamoraría de ti».
Fiona temblaba. «¿De qué estás hablando?».
Michael le apartó un mechón de pelo de la cara, murmurando: «Sabes lo que quiero decir, Fiona».
Por primera vez, Fiona se sintió completamente impotente. Por el rabillo del ojo, vio a su madrastra espiando a través de una rendija de la puerta, presenciando toda la escena.
Para entonces, Michael ya se estaba distanciando.
Una oleada de emociones hizo que las mejillas de Fiona pasaran de rojas de ira a pálidas de incertidumbre. ¿Podría ser cierto? ¿Sentía algo por Michael? No, eso era impensable.
«¡Estás diciendo tonterías! ¡No perdonaré a Dulce!», gritó Fiona tras la figura que se alejaba de ella.
Deseaba que Michael se volviera, pero él continuó sin mirar atrás.
Michael se detuvo brevemente y luego reanudó su marcha.
El vacío interior de Fiona la consumía, se extendía por todo su cuerpo y la dejaba abrumada por la soledad.
En negación, gritó: «¡Lo hago por Lacey! ¡Todo es por Lacey! ¡No estoy equivocada!».
De vuelta a casa, Michael encontró su teléfono inundado de mensajes urgentes de sus padres, rogándole que no se entrometiera más con Dulce.
A la mañana siguiente, mientras estaba tumbado en el sofá, tomó la decisión de salvar a Dulce. Sin él, ella no habría sufrido tanto.
Tenía que asumir la responsabilidad de sus actos.
Sin embargo, la llamada del centro de detención llegó antes de que pudiera actuar.
Michael escuchó la voz débil y cansada de Dulce por teléfono.
«Michael, acabemos con esto. Me voy del país».
La mente de Michael volvió al presente.
La lluvia incesante tamborileaba en el techo del coche, y cada gota resonaba como una melodía melancólica que pesaba sobre su corazón.
Para alejar sus pensamientos de la tristeza, eligió un tema más ligero. «¿Lo tienes todo listo para tu viaje al extranjero?».
Los ojos de Dulce se alejaron de la ventana llena de gotas de lluvia para encontrarse con su mirada. «¿Qué quieres decir con eso?».
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