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Capítulo 888:
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Fannie, el pilar de apoyo inquebrantable, estaría allí, llorando incontrolablemente mientras la abrazaba. Jett, normalmente tan sereno, tendría los ojos rojos, secándose las lágrimas cuando pensara que nadie lo estaba viendo. Y
Fannie, el pilar de apoyo inquebrantable, estaría allí, llorando incontrolablemente mientras la abrazaba.
Jett, normalmente tan sereno, tendría los ojos rojos, secándose las lágrimas cuando pensaba que nadie lo estaba viendo.
Y sus padres, con el rostro marcado por la ansiedad, fluctuarían entre castigarla y envolverla en su cuidado ansioso. Sin embargo, ese reencuentro imaginado no se materializó.
En su lugar, los cielos se abrieron ligeramente, derramando una suave llovizna purificadora. Dulce se preguntó si la lluvia era simbólica, tal vez destinada a purificar, a borrar los restos del pasado y ofrecer un borrón y cuenta nueva. Su mirada pasó del cielo nublado a la solitaria figura que tenía ante sí, con sus emociones entrelazadas en una compleja trama.
«¿Solo tú?», preguntó.
Michael avanzó, con un paraguas en la mano, creando un pequeño refugio de la suave lluvia. «¿No soy suficiente?».
«Sí, lo eres».
«Vamos, subamos al coche».
Mientras se acomodaban en el coche, Michael se inclinó para abrocharle el cinturón de seguridad a Dulce.
«Les dije que no vendrías mañana porque quería este tiempo a solas contigo. No estás enfadada conmigo, ¿verdad?».
«No, no estoy enfadada en absoluto», respondió Dulce con una cálida y reconfortante sonrisa.
«¿Me has echado de menos?», preguntó Michael, apartándole el pelo de la frente.
Él no la presionó sobre el pasado y a ella no le importaba saber el destino. En cambio, se sumergieron en la comodidad de su reencuentro, a pesar de la persistente y silenciosa brecha que se extendía entre ellos.
Dulce se dejó llevar por su reconfortante caricia, apreciando la frágil serenidad del momento, dudando en romper su delicado equilibrio.
«Te he echado de menos», admitió.
Acercándola a él, Michael le dio un tierno beso en la frente. «Yo también te he echado de menos».
Tanto Michael como Dulce eran muy conscientes de la profunda tristeza que albergaba cada uno, un reflejo del dolor del otro, pero momentáneamente optaron por ignorarlo.
Su viaje fue tranquilo en su mayor parte.
A medida que la lluvia se intensificaba, Dulce apoyó la barbilla en la mano y miró por la ventana con un suspiro melancólico. «Es curioso cómo siempre llueve cuando estamos juntos».
—Sí —respondió Michael, apretando el volante con más fuerza. Sus pensamientos se desviaron hacia un tenso intercambio con Brielle en el estudio, el aguijón de sus palabras persistía en su mente.
—Michael, tienes que darte cuenta de que nadie pasa por la vida sin meter la pata al menos unas cuantas veces. Hay errores que puedes enmendar, otros que puedes perdonar y luego los que lo destruyen todo.
«Mamá, ¿de qué estás hablando? ¿Se trata de que te pida que ayudes a Dulce?».
Brielle vaciló, con la mirada perdida en la lámpara de araña. Acercó una silla y se subió a ella, lo que hizo que Michael se apresurara a ir a sujetarla.
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