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Capítulo 824:
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Caminaba junto al técnico. Se habían conocido el día anterior, pero ya parecían extrañamente cómodos el uno con el otro.
«¿Estás bien?», preguntó el técnico con preocupación.
La voz de Dulce sonó ronca. «Estoy bien. Anoche me resfrié».
—Vas demasiado ligera de ropa para este tiempo. Puedes ponerte mi chaqueta.
—No, no hace falta.
—Venga, póntela. —El mentor de Dulce intervino. Estaba claro que estaba intentando crear una oportunidad para que los dos se acercaran.
Dulce finalmente aceptó la chaqueta y se la puso con una sonrisa resignada.
Michael iba detrás, caminando solo por detrás. Quizás era su soledad lo que le hacía parecer distante, desinteresado.
Por la tarde, comenzó a caer una ligera llovizna que cubrió el cielo de una niebla gris. La lluvia no era fuerte, pero el frío en el aire era inconfundible.
Michael estaba sentado en el autobús, revisando su teléfono para comprobar su billete de avión a Chicago para esa noche. Las gotas de lluvia golpeaban suavemente la ventana, convirtiendo el mundo exterior en una mancha borrosa de agua y gris, mientras que el interior del autobús permanecía cálido y seco.
La puerta del autobús se abrió con un chirrido y Dulce, ahora abrigada con la chaqueta del técnico, volvió a subir al autobús, tosiendo aún.
Michael estaba sentado unas filas más atrás, aún visible a pesar de su posición.
Dulce hizo una pausa antes de decir: «Lo siento, me dejé la medicina aquí. Voy a cogerla y salgo enseguida».
No se acercó porque había visto a Michael. Pero explicárselo ahora parecía inútil.
Michael dejó escapar un suave murmullo, con la mirada fija en la ventana, como si no fueran más que desconocidos.
Dulce volvió rápidamente a su asiento, buscando frenéticamente en su bolso la medicina para la fiebre.
En su prisa, el contenido de su bolso se derramó en el suelo.
Mientras se agachaba para recoger sus cosas, Michael captó el movimiento con el rabillo del ojo, seguido de un repentino golpe.
Dulce se había derrumbado.
«¡Dulce!».
El pasillo era estrecho y el corazón de Michael dio un vuelco cuando corrió hacia ella.
Ardía de fiebre. ¿Por qué se había esforzado tanto?
Michael no podía permitir que Dulce se quedara bajo la lluvia. La levantó sin esfuerzo y la llevó hasta la última fila de asientos, donde la acostó.
Recogió su medicina y el termo, pero ahora el verdadero desafío era cómo administrarle la medicina.
Afortunadamente, Dulce recuperó algo de conciencia. Le latía la cabeza y veía borroso, lo que le impedía reconocer quién la estaba ayudando. «¿Dulce?», dijo Michael con voz suave, llena de preocupación.
Instintivamente, Dulce extendió la mano y sus dedos rozaron el rostro de Michael. «¿Michael?», dijo él, sujetándole la muñeca con suavidad y con voz preocupada. «¿Estás bien? ¿Necesitas ir al hospital?».
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