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Capítulo 603:
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Fannie espetó: «¡¿Qué haces?! ¡Dámelo! No tienes derecho a tocar mis pertenencias!».
Bobby lo levantó fuera de su alcance.
«Esto me pertenecía».
La frustración frunció las cejas de Fannie, su ira burbujeaba bajo la superficie.
Bobby, con un cigarrillo colgando de los labios, alargó la mano para despeinarla.
«¿Sigues actuando como si no me hubieras reconocido?
«¡De verdad que no te conocía!».
Fannie no se atrevió a tirar de él con demasiada fuerza; corría el riesgo de dañar al oso.
Era un oso muy querido para ella, pues lo había llevado durante muchos años.
Ella misma había cosido cada puntada.
Con el tiempo, los límites entre el afecto y la creencia en ella se habían vuelto indistintos.
En la escuela secundaria, sufrió un acoso implacable. Le tiraban la mochila al baño de los chicos, le ponían pegamento en la silla y le rompían los cuadernos.
Soportó estas humillaciones a diario, cada una más degradante que la anterior.
Un día, su mochila acabó de nuevo en el baño de chicos. Cuando la clase estaba a punto de empezar, apretó los dientes y se apresuró a entrar. En lugar de eso, cayó en una trampa. Le taparon la boca.
Tres chicos intentaron arrastrarla hasta el retrete más apartado. Cuando estaba a punto de perder la esperanza, apareció Bobby, que parecía su salvador.
Llevaba una mochila roja de la que colgaba un osito de peluche. Se ajustó los pantalones y salió de una caseta.
«¿Qué está pasando aquí?»
«¡No te metas!»
Con la boca tapada a la fuerza, los ojos de Fannie, muy abiertos por el miedo, se encontraron con los de Bobby.
Aquel encuentro marcó su primera reunión.
Bobby se enfrentó sin ayuda a los tres chicos. Fannie pensó en llamar a un profesor, pero decidió que era crucial sacar primero a Bobby para evitar que los chicos sufrieran lesiones graves.
«¿Tienes siquiera edad para acosar a las chicas?».
Fannie aferró la mochila de Bobby, instándole: «¡Tienes que correr! Viene un profesor!»
Bobby se mofó y continuó su asalto, clavando implacablemente la cabeza de un chico en las baldosas de cerámica.
Empezó a manar sangre, y Fannie, entre lágrimas, se aferró a la cintura de Bobby, suplicando: «¡Para! ¡Puede morir!».
Nunca olvidaría aquel día. A sus ojos, Bobby había sido su protector, su caballero.
Tras aquel suceso, la familia de Fannie la envió al extranjero, donde volvió a sufrir acoso.
Sin embargo, el recuerdo de Bobby defendiéndola le dio fuerzas para resistirse agresivamente.
En el enfrentamiento más grave, le rompió la nariz a alguien, y después de aquel episodio, nadie se atrevió a volver a acosarla.
«¿Así que no me reconociste?»
La voz de Bobby sacó a Fannie de su trance, devolviéndola al presente.
Por un momento, sintió como si tuvieran secuestrado a su osito de peluche.
Esperó, con el corazón martilleándole, a que Bobby continuara.
«No pasa nada si no me recuerdas. Pero mi abuela hizo este oso. Seguro que lo has robado».
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