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Capítulo 461:
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Mila se agarró la cara, asimilando lentamente la gravedad de lo que acababa de ocurrir. «¡Adrian Miller!» Gracie la contuvo.
Sabían que tenían que intervenir para evitar que avivara más el fuego de la situación.
«Salgamos de aquí». Sin tener que mover un dedo, Joelle vio cómo Mila se daba un buen revolcón. Aunque las palabras de Mila habían atravesado el corazón de Joelle como una ráfaga de agujas, se mantuvo firme con Adrian a su lado, plenamente consciente de que aquellas venenosas afirmaciones no eran más que ecos huecos, indignos del peso de su corazón.
Así que dejó de lado cualquier pensamiento sobre Mila. Con el fuerte abrazo de Adrian envolviéndola y la pequeña mano de Aurora agarrando la suya con fuerza, Joelle se vio arrastrada por una oleada de alegría pura y sin adulterar que encendió su espíritu.
«Mamá, ¿podemos ir a comprar caramelos?»
reprendió Leah, «¡Si sigues comiendo eso, acabarás con caries!».
Se marcharon en un estado de feliz armonía, mientras en el aire de la familia Finch crepitaba una tensión palpable. Fred se lanzó instintivamente a defender a su familia frente a los forasteros, pero las palabras de Mila eran realmente desconsideradas.
«¡Fred, Adrian tuvo la osadía de pegarme!». se quejó Mila.
«No es sólo Adrian; ¡yo también quiero pegarte!». Rara vez se encontraba a Fred en tal estado de furia. Estimado por su naturaleza amable y paciente con su mujer y sus hijos, se había ganado una reputación en su círculo social por estar entrañablemente sometido a su mujer.
Esta vez, su diatriba fue tan intensa que incluso Gracie y Dunn guardaron silencio, dejando que Mila comprendiera la gravedad de su error.
«No era mi intención», balbuceó Mila.
A Fred le resultaba totalmente indiferente si lo decía en serio o no. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, cogió a Gracie de la mano y entró.
«Mañana volverás al extranjero. No quiero que provoques el caos aquí todos los días».
Stephen estaba arriba, en su habitación del hospital. En cuanto entró la familia, sus ojos se clavaron en el rostro de Mila, manchado de lágrimas. Sus ojos rojos e hinchados y sus labios temblorosos dejaban claro que pendía de un hilo, conteniendo a duras penas sus emociones.
Mila había sido durante mucho tiempo la niña de los ojos de Stephen, su orgullo y alegría. Había pasado años en el extranjero, afrontando innumerables retos ella sola para perseguir su sueño de estudiar música. En la familia, nadie ocupaba un lugar en el corazón de Stephen como ella; su afecto por ella era incomparable.
«Mila, ¿qué pasa?», preguntó.
Mila estaba dispuesta a soltar sus frustraciones, pero en el momento en que Fred le lanzó una aguda mirada de advertencia, sus palabras se congelaron en su garganta, silenciadas antes de que tuvieran siquiera la oportunidad de escapar.
«Nada, abuelo».
«Ven aquí, querida».
Mila se acercó. «Abuelo, estoy bien de verdad».
«Si prefieres no hablar, no me entrometeré».
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