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Capítulo 397:
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El patio rebosaba de vehículos de lujo, y cada invitado que llegaba transfería las llaves a las manos de los criados de la familia Finch.
Cuando Adrian se detuvo, un criado se apresuró a abrirle la puerta del coche.
«¡Sr. Miller!»
La aparición de Adrian sorprendió a todos los miembros de la familia Finch.
Las desavenencias entre Adrian y ellos se habían ensanchado años atrás, después de que un comentario descuidado de Stephen rompiera sus lazos.
«Sr. Miller, ¿ha llegado usted solo?».
La pregunta se formuló con ligereza, pero la mirada gélida de Adrian provocó una retractación inmediata.
«Mis disculpas, de verdad. El Sr. Finch esperaba ansiosamente tu llegada».
Antes de entrar, Adrián fue recibido por la estruendosa risa de Stephen, robusto y vigoroso, a pesar de sus ochenta y ocho años.
«¡Adrian, estaba seguro de que este año vendrías solo! ¡Fred incluso apostó a que traerías a tu familia! Yo no estaba de acuerdo. ¿No te han abandonado tu mujer y tu hijo?».
Fred se cubrió la cara, lamentando no haber persuadido a Stephen de que eligiera sus palabras con más cuidado.
«Adrian, ¿cómo están Joelle y los niños?» intervino Gracie, intentando suavizar la incomodidad.
«Están de camino -respondió Adrian secamente.
Stephen se echó a reír una vez más.
«¿Todavía te guardan rencor? ¿Por eso no han venido?».
Adrián forzó una débil sonrisa.
«¿No es un poco duro burlarse de los puntos sensibles de alguien?
«¿Duro? ¿No es ése el objetivo de una buena broma? Stephen siguió riendo, el único al que le divertía el intercambio.
Adrian se había preparado para el encuentro, pero no para el humor mordaz de Stephen, que se había intensificado con el tiempo.
Los demás presentes mostraban expresiones de incomodidad, preocupados en silencio por la posibilidad de que Adrian se enfureciera en cualquier momento.
«Abuelo», gritó Fred.
Stephen acabó por moderar su risa, posiblemente dándose cuenta de que quizá se había excedido.
«¡Vamos, Adrian, sabes que sólo estoy bromeando!».
Rodeó los hombros de Adrian con un brazo, y su tono cambió a uno cálido.
«Dime, ¿has disgustado a tu mujer? Quizá mi nieto debería darte algunos consejos».
La sala se quedó en silencio, todos se quedaron sin palabras.
Adrián sintió que el pulso le latía furiosamente en la sien.
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