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Capítulo 136:
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Kenzie entró en pánico al instante. «¡¿Qué?! ¡Ni hablar! ¿Cómo se supone que voy a ganarle a Cecelia si ni siquiera tengo dinero?».
«Nos vamos», dijo Whitney con firmeza, arrastrando a Kenzie a pesar de sus protestas.
Al poco rato, el silencio volvió a reinar en el salón. Pamela tomó la mano de Alina, con los ojos llenos de preocupación. «Alina, ¿te ha hecho daño Kellan? ¿Es por eso por lo que has decidido divorciarte de él? Solo tienes que decirlo y yo misma me encargaré de él».
Alina se sintió profundamente conmovida por la preocupación de Pamela. «Gracias por creer en mí», dijo en voz baja, «pero poner fin a nuestro matrimonio fue una decisión que tomamos juntos. Espero que puedas entenderlo».
La decepción se reflejó en el rostro de Pamela. De repente, se volvió hacia Kellan y agarró la fusta que tenía cerca. «¿Sigues negándote a admitir tus errores? Si no hubieras hecho daño a Alina, ¿por qué insistiría ella en divorciarse de ti?», le reprendió, furiosa.
La fusta golpeó la espalda de Kellan, arrancándole un gruñido de dolor.
Alina frunció el ceño por instinto y estuvo a punto de intervenir para detenerla. Pero pronto se dio cuenta de que Pamela iba con cuidado a propósito. Los golpes parecían feroces, pero casi no tenían fuerza real. Estaba claro que Pamela solo intentaba demostrarle a Alina lo mucho que la valoraba.
Alina dejó escapar un suspiro interior, incapaz de entender por qué Pamela confiaba tanto en ella, o por qué estaba tan decidida a mantenerla en la familia Gilbert.
En silencio, apartó la mirada.
Pamela le asestó unos cuantos golpes más, más bien simbólicos, mientras observaba atentamente la expresión de Alina. Al ver que Alina permanecía impasible, se detuvo a regañadientes. —Alina, ¿de verdad lo tienes decidido? —preguntó, desamparada.
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Alina asintió con firmeza.
Kellan tampoco apartó la mirada de ella.
En el pasado, cada vez que él resultaba herido o se metía en líos, Alina siempre se preocupaba por él, llegando incluso a prepararle ella misma la medicina.
Ahora, sin embargo, se limitaba a quedarse allí de pie, observando cómo lo castigaban sin el más mínimo atisbo de preocupación.
Quizá nunca lo había amado en absoluto, ni siquiera desde el principio. La persona que siempre había importado para ella había sido Alan.
Una sonrisa amarga y autocrítica se dibujó lentamente en el rostro de Kellan.
—Pamela, ¿podrías traerme nuestro certificado de matrimonio? —preguntó Alina con calma.
Pamela dejó escapar un largo suspiro antes de entregarle por fin el certificado. A continuación, Alina sacó los papeles del divorcio que había preparado de antemano. Mirando directamente a Kellan, dijo: —Yo ya he firmado mi parte. Ahora te toca a ti.
Kellan bajó la mirada hacia el acuerdo. Las condiciones eran sencillas y directas: ninguna de las partes reclamaría los bienes de la otra tras el divorcio.
Su mirada se detuvo en la elegante firma de Alina, y cada trazo de su nombre le parecía un cuchillo que se le clavaba en el pecho.
Lentamente, cogió el bolígrafo. Aunque no pesaba casi nada, en ese momento le resultaba insoportablemente pesado en la mano.
Al ver que Kellan dudaba, Pamela abrió la boca con ansiedad. «Alina, ¿podrías…?»
Antes de que pudiera terminar, Kellan la interrumpió en voz baja. «Lo firmaré».
Reuniendo las pocas fuerzas que le quedaban, comenzó a escribir su nombre.
La actitud de Alina ya lo había dejado todo claro. Seguir aferrándose al matrimonio solo haría que pareciera aún más patético.
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