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Capítulo 421:
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Entonces, los recuerdos de hacía cinco años inundaron su mente.
En aquella época, estudiaba en la Universidad de Briarwood, en el país de Cordelia.
La vibrante ciudad de Bellemore siempre había sido un remanso de paz y vida, con calles repletas de coloridos edificios y una bulliciosa mezcla de lugareños y turistas.
Darya había elegido esa universidad porque se sentía atraída por el encanto de la ciudad.
Poco sabía ella que una oscuridad inimaginable estaba a punto de descender sobre Bellemore.
En lo que parecía un día cualquiera, la tranquilidad de la ciudad se vio destrozada por una ola de terror.
Un grupo de militantes, impulsados por el deseo de sembrar el caos y derrocar al gobierno, lanzaron un ataque coordinado, llevando a cabo sus malvados planes con escalofriante precisión.
Las explosiones rasgaron el aire, y su sonido ensordecedor y sus destellos cegadores destrozaron la atmósfera, antes serena.
En medio del caos, Darya se encontró atrapada en un restaurante, con el corazón latiendo con fuerza por el miedo y la incertidumbre.
El humo y el polvo llenaban el aire, nublando su visión y ahogando sus pulmones.
Buscó refugio en un rincón, con la mente acelerada mientras contemplaba su próximo movimiento, con sus instintos instándola a sobrevivir.
Desde su escondite, observó con horror cómo los terroristas desataban un reinado de terror sobre civiles inocentes.
Los disparos resonaban en las calles mientras los asaltantes disparaban indiscriminadamente, derramando sangre inocente con sus retorcidas ideologías. El corazón de Darya se encogió al presenciar las aterradoras escenas que se desarrollaban ante sus ojos.
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Pero en medio de la confusión, algo llamó la atención de Darya: un niño inocente, paralizado por el miedo y a punto de caer víctima de los despiadados atacantes.
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, Darya abandonó su escondite y corrió hacia el niño, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho.
Estaba a solo unos pasos del niño cuando el caos estalló de nuevo.
Un IED detonó cerca, enviando ondas de choque por el aire. La fuerza de la explosión lanzó a Darya hacia atrás, desorientada y maltrecha, con un rugido ensordecedor en los oídos.
Pensó que estaba muerta.
Pero entonces se dio cuenta de que aún respiraba.
Cuando el polvo se asentó, su visión se aclaró, revelando la devastación que la rodeaba.
Entonces, a través de la neblina de humo y escombros, surgió una figura: un soldado inquebrantable, un pacificador adornado con un uniforme que contrastaba con el caos desatado por los terroristas.
El rostro del soldado estaba manchado de suciedad, polvo y sangre, testimonio de los peligros a los que se había enfrentado.
Con determinación grabada en sus rasgos, protegió a Darya y al niño con su propio cuerpo, una barrera viva contra los horrores que amenazaban sus vidas.
Su altruismo y valentía conmovieron a Darya hasta lo más profundo, despertando en ella una profunda gratitud.
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