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Capítulo 957:
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Sophie vaciló. ¿Estaba Kyla diciendo la verdad? ¿Había sido realmente Andrew quien había iniciado todo? Y si era así, ¿debería decirle algo a Cathryn? Si la aventura salía a la luz, ¿qué opción le quedaría a Cathryn? Descubrir una traición acabaría casi con toda seguridad con el matrimonio, y Andrew tenía todas las cartas en la mano. Si decidía echar a Cathryn sin nada, ¿qué futuro le quedaría?
Sophie no se atrevía a actuar, al menos todavía no. Por ahora, Cathryn seguía protegida por el apellido Brooks. Necesitaba tiempo para pensar.
Pasaron los días y Kyla esperó. Transcurrieron diez días sin una sola visita de Andrew. El anhelo se volvió insoportable, carcomiendo silenciosamente su compostura.
Una tarde, la lluvia caía en cortinas densas e implacables, los truenos rasgaban el cielo mientras los relámpagos iluminaban la oscuridad.
Andrew llegó a casa temprano, se duchó y se dirigió al dormitorio.
Su teléfono, apoyado en la mesita de noche, comenzó a sonar.
Cathryn le echó un vistazo. —Tu teléfono.
—¿Quién es? —preguntó Andrew, sin prisas.
—Número desconocido. —Cathryn miró la pantalla y luego volvió a mirarlo a él.
La mirada de Cathryn se desvió instintivamente hacia Andrew justo en el momento en que se quitó la toalla, dejando al descubierto su cuerpo desnudo. Su abdomen estaba marcadamente definido, cada músculo esculpido y tenso.
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Cathryn tragó saliva.
—Si es un número desconocido —dijo Andrew con tono tranquilo—, simplemente recházalo.
Cathryn, con la atención aún fija en Andrew, extendió la mano hacia el teléfono sin mirar y tocó la pantalla, convencida de que había rechazado la llamada.
En realidad, la había contestado.
La alegría de Kyla se disparó en el momento en que oyó que se conectaba la línea. Justo cuando iba a respirar para hablar, se escuchó la voz de una mujer.
—Cariño, solo con mirarte se me acelera el pulso —dijo Cathryn, con tono ligero y burlón.
La diversión tiñó la respuesta de Andrew. —Me ves todos los días. ¿Aún no es suficiente?
A través del auricular, Kyla oyó cómo se suavizaba la voz de Cathryn. —Por mucho que te vea, nunca será suficiente.
Kyla apretó los puños. La furia se apoderó de ella. En su mente, Andrew le pertenecía a ella, solo a ella. ¿Cómo se le permitía a Cathryn tal cercanía, tal libertad para mirarlo, tocarlo, compartir sus noches?
Un rayo surcó el cielo y, momentos después, retumbó un trueno.
Kyla se tapó la boca con una mano, tragándose un grito de sorpresa.
A través del teléfono llegó la voz pequeña y frágil de Cathryn. «Cariño, tengo miedo».
Andrew respondió con dulzura, con un tono cálido y complaciente. «No lo estés. Ven aquí… Yo te protejo».
Por los sonidos que se filtraban a través de la línea, Kyla comprendió que se habían acercado el uno al otro.
Los celos ardían en sus ojos. Cortó la llamada con un golpe seco.
Se envolvió en una manta e intentó alejar esos sonidos de su mente, pero resonaban implacablemente: la calidez en la voz de Andrew, la complicidad entre ellos.
Kyla se incorporó. Tenía que recuperar a Andrew. No podía permitir que esto continuara.
Lo llamó de nuevo. No hubo respuesta. Volvió a llamar, una y otra vez.
Por fin, la línea se conectó. «¿Quién es?», se oyó la voz de Andrew, entrecortada y con un tono de irritación.
Una satisfacción retorcida se agitó en Kyla. Los había interrumpido.
«Soy yo», dijo en voz baja.
«¿Quién?». Era evidente que no reconocía su voz.
Kyla puso morritos. «Sr. Brooks, soy Kyla».
Silencio. Luego, tras un momento: «¿Qué pasa?».
Su voz era firme ahora; se había alejado del dormitorio.
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