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Capítulo 776:
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Un estruendo ensordecedor sacudió el patio, y todos se giraron bruscamente hacia la entrada.
Cuando Andrew apareció en la puerta, con el rostro sombrío y tormentoso, todo el patio quedó sumido en un silencio atónito. ¿No se suponía que Andrew… estaba muerto?
Cara retrocedió tambaleándose, parpadeando frenéticamente como si su vista la hubiera traicionado. ¿Estaba contemplando a un fantasma a plena luz del día?
Cathryn y Marcel entraron detrás de Andrew.
Cara levantó una mano temblorosa y señaló con gesticulaciones descontroladas. «Fantasmas… Deben de ser fantasmas…». Las damas adineradas retrocedieron, pálidas y temblorosas.
Amanda se quedó inmóvil al ver la silueta de Andrew, como si hubiera vuelto a sumergirse en uno de sus sueños. Innumerables veces había soñado con él allí mismo, llamándola en voz baja: «Abuela». Y cada vez que intentaba alcanzarlo, se despertaba en medio de un silencio doloroso y solitario.
Nick salió de un sobresalto de la pesadilla que había estado viviendo en el instante en que sus ojos encontraron a Andrew. Corrió hacia él y rodeó con los brazos la cintura de Andrew. «¡Andrew! ¡Sabía que no estabas muerto!». Desde el momento en que le dijeron a Nick que Andrew había muerto, fue como si su alma se hubiera desprendido, dejándolo vacío y a la deriva. Ver a Andrew vivo lo devolvió a la vida.
Andrew le revolvió suavemente el pelo a Nick.
Los ojos de Wade se llenaron de lágrimas. Apretó la mano de Amanda y dijo con voz ronca: «Mandy, han vuelto a casa. Andrew y Cathryn han vuelto a casa».
Amanda temblaba, parpadeando rápidamente, pero Andrew no se desvaneció: seguía allí, de carne y hueso.
Cathryn se apresuró a acercarse. «Amanda, hemos vuelto».
En el momento en que Amanda sintió el calor de la mejilla de Cathryn, las lágrimas brotaron a raudales. Sus labios temblaban, pero no podía articular ni una sola palabra.
Andrew se acercó y sujetó a Amanda con delicadeza. «Es culpa nuestra, abuela. Te hemos asustado».
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Amanda tomó el rostro de Andrew entre las manos y luego acarició el de Marcel, con las lágrimas nublándole la vista. Tras una larga y temblorosa pausa, susurró: «Estáis en casa… Eso es lo único que importa».
Marcel se acercó a Wade y lo saludó. Siempre había recordado la regla: en público, nunca podía llamarle a Wade «abuelo».
Wade se secó las lágrimas con el dorso de la mano y preguntó en tono juguetón: «¿No me merezco un “abuelo” de tu parte?».
A Marcel le picaba la nariz y las lágrimas amenazaban con brotar. Por fin se le permitía llamar a Wade «abuelo» abiertamente. Pronunció con voz temblorosa: «Abuelo». Los labios de Wade esbozaron una suave sonrisa mientras acariciaba la cabeza de Marcel.
Solo tras enfrentarse a la pérdida se aprendía lo que significaba apreciar algo.
Wade nunca había valorado plenamente a Marcel ni a su padre, pero tras estar a punto de perder a Marcel, por fin comprendió la importancia de los lazos de sangre. Esos últimos días y noches habían sido tan angustiosos para él como para Amanda. Había rezado —rezado de verdad— por el regreso sano y salvo de los tres niños. Y ahora, con los tres vivos, el peso aplastante que sentía en el pecho por fin se había aliviado.
Cara aún no se había recuperado de la conmoción. ¿Cómo podía ser real todo esto? La mafia nunca fallaba una vez que marcaba un objetivo. Entonces, por el amor de Dios, ¿cómo era posible que Andrew estuviera allí de pie, vivo?
Nick se aferró a Andrew desesperadamente, llorando sobre su camisa como un niño rescatado de una pesadilla.
Cara apretó los puños, con los nudillos blanqueados por la furia. Llamó a Mark, pero la llamada quedó sin respuesta.
Cara miró hacia las damas adineradas. Todas y cada una de ellas evitaron su mirada. Con Andrew de vuelta, Cara ya no tenía ni siquiera un rincón en esta familia.
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