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Capítulo 162:
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Su tristeza pesaba más que su ira y, al final, se sentía tan perdida como él.
Lo que Daniel necesitaba para aceptar finalmente que Deanna no iba a volver llegó en forma de una noticia en el periódico local.
Ese domingo, se había levantado y había bajado a desayunar como de costumbre. Sus hijos se dirigían a casa de sus abuelos para visitar a Emma y pasar el día allí. Por alguna razón, alrededor de las 11, Beverly ya estaba en su casa. No le importaba. Sabía que estaba merodeando, tratando de encontrar una forma de entrar en su vida. Podía hacer lo que quisiera, si estaba dispuesta a soportar su indiferencia, era su elección.
Se encerró en su despacho para evitarla, pero allí estaba ella otra vez, con su ordenador portátil y una pila de documentos. Ni siquiera sabía por qué no le había dicho que se marchara. Estaba demasiado apático como para que le importara. Se recostó en su silla y se puso a leer el periódico, cuando vio el artículo:
«La nueva protegida del famoso productor Sacha Feni: una estrella en ascenso».
Una foto de Deanna ensayando. El artículo describía cómo había impresionado a Feni. Debajo, una segunda foto: ella, agarrada al brazo de Leonard… sonriendo. «Su mánager».
Estaba radiante, con el pelo suelto y una sonrisa brillante. Y ese cabrón estaba a su lado, rebosante de orgullo, con la mano sobre la de ella mientras ella se agarraba a su brazo.
Esa punzada aguda y familiar.
Se le encogió el pecho y sintió un calor que le subía por la espalda.
Arrugó el periódico y lo tiró al suelo.
Beverly levantó la vista.
—¿Qué estás haciendo?
—Nada —dijo con voz áspera.
Pero «nada» no justificaba ese repentino estallido de ira. Se levantó, pero ella ya había recogido el periódico.
—No —murmuró él.
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Ella lo ignoró y lo leyó de todos modos.
—Lo siento —dijo ella, fingiendo comprender.
Daniel no respondió. Ya se estaba ahogando en su propia angustia. Nunca la olvidaría. Ni aunque estuviera con Leonard, ni aunque viajara por todo el mundo, ni aunque lo borrara de su vida. No podía sacársela de la cabeza.
Y eso lo destruía.
Beverly vio su oportunidad y se acercó.
—No estés triste —le susurró, pasando los dedos por su cabello—. Las cosas mejorarán con el tiempo…
Se inclinó lentamente, vacilante, esperando a que él se apartara.
Pero él no lo hizo.
Ella lo besó suavemente, rozando apenas sus labios con los de él.
No hubo reacción.
Ella lo estudió y volvió a besarlo, esta vez recorriendo el contorno de sus labios con la punta de la lengua. Su mano permaneció enredada en el cabello de él.
Él no le devolvió el beso.
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