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Capítulo 814:
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«Soy su hija. Me dijo que alguien llamado Zero vendría a protegerme, pero no necesito la protección de nadie». La determinación ardía en los ojos de Alexia. «Solo quiero saber la verdad sobre lo que ocurrió en Romia».
«Cuando hayas madurado lo suficiente como para estar a la altura de mis expectativas, encontrarás tus respuestas. No antes». La expresión de Jermaine no se alteró.
Alexia soltó una risa amarga, negó con la cabeza y pasó junto a él sin decir una palabra más.
Jermaine la siguió sin prisas. «Puede que las vistas desde aquí sean agradables, pero no es un lugar donde debas quedarte. Tendrás que volver al Jardín…»
Un fuerte estruendo lo interrumpió cuando el escaparate del bar estalló en mil pedazos.
El pánico se extendió por la sala. La gente gritaba, las sillas se volcaban y el bar, antes tranquilo, se sumió en el caos.
El instinto se impuso. Alexia se abalanzó hacia la multitud, buscando frenéticamente a Ada. Tenía que sacarla de allí.
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Antes de que pudiera alcanzarla, la puerta se abrió de golpe. Un grupo de hombres con un extraño equipo de estilo militar irrumpió en el local, con las armas reluciendo bajo las luces intensas.
Uno de ellos se quedó paralizado cuando su mirada se posó en ella. «¡Mirad, es Eve!».
Jermaine apretó la mandíbula. Sin decir palabra, agarró a Alexia por la muñeca y la arrastró hacia la salida trasera.
«¡Id tras ellos!», ordenó el líder, abriéndose paso entre los escombros.
Uno de sus hombres dudó. «Jefe, esa no puede ser ella. Eve está muerta. Quizá solo se le parezca».
La voz del líder se elevó, aguda por la furia. «¡La hija de esa mujer vil sigue ahí fuera! ¡No me importa quién sea! ¡Matadla! Aunque solo se le parezca, ¡esa es su mala suerte!».
Alexia y Jermaine salieron disparados del bar, con las botas golpeando el pavimento mojado mientras los gritos resonaban a sus espaldas.
«Aún no he encontrado a Ada. ¡Sigue dentro!», jadeó Alexia, sin aliento.
Jermaine respondió: «Yo la rescataré. ¡Tú vete!». Echó una rápida mirada por encima del hombro, entrecerrando los ojos ante los hombres que se acercaban.
«De acuerdo. ¡Ten cuidado!», gritó ella antes de echar a correr hacia el final de la calle.
En la bifurcación, se separaron sin mediar palabra.
Alexia se adentró a toda prisa en un callejón estrecho, con el pulso acelerado mientras los disparos retumbaban en algún lugar detrás de ella.
El destello de luz en la esquina le hizo saltar el corazón al pecho. Se agachó detrás de una pila de cajas, en un ambiente cargado con el olor a hormigón húmedo y humo rancio.
No se había llevado la pistola. Justo ese día, se la había dejado en casa.
Las linternas atravesaban la oscuridad, con sus haces de luz barriendo las paredes. Contuvo la respiración y se pegó con la espalda a los ladrillos, con todos los músculos temblando.
Entonces, el sonido de los pasos se detuvo. El silencio se prolongó, denso y tenso.
Alexia se asomó con cautela, mirando a su alrededor desde la esquina. La calle parecía desierta.
Pero en cuanto salió, dos hombres se abalanzaron desde las sombras, con los rifles en alto y apuntándole directamente a ella.
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