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Capítulo 779:
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Alexia se quedó paralizada por la sorpresa. Al ver el destello de dolor en el rostro de Waylon y cómo se agarraba instintivamente la parte superior izquierda del pecho, se dio cuenta de algo terrible.
«¿Estás herido?», preguntó con voz temblorosa, deteniendo en el aire la mano con la que acababa de empujarlo. En un instante, se abalanzó hacia él y le arrancó el abrigo, rasgando la camisa oscura que llevaba debajo.
Todo rastro de la discusión anterior se desvaneció. Lo único que le quedaba en el pecho era una oleada de alarma y preocupación.
Waylon intentó detenerla, agarrándole la muñeca con su mano ilesa. «No es nada grave. Solo un pequeño corte».
Pero Alexia no se calmaba. Una oleada de fuerza que no sabía que poseía la invadió.
Apartó su mano de un empujón y forcejeó con los botones, moviendo los dedos temblorosos con gestos urgentes y descoordinados.
En cuanto la camisa se abrió, se quedó sin aliento.
Tenía un grueso vendaje blanco enrollado alrededor del pecho, justo debajo de la clavícula, y en el centro, una mancha de color rojo oscuro se extendía rápidamente.
Era evidente que el empujón que le había dado antes había hecho que la herida volviera a sangrar.
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«¿A esto le llamas un pequeño corte?», exclamó Alexia, con la voz quebrada. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas y caían sobre la cálida piel de su pecho.
No podía apartar la mirada de aquel carmesí cada vez más intenso. El corazón se le retorcía de dolor.
Apenas unos minutos antes, le había estado regañando por ser irresponsable. Ahora se daba cuenta de que era ella la irresponsable: empujarle estando herido.
«Es culpa mía», balbuceó Alexia, con la mano suspendida impotente cerca de la herida. Quería ayudarle, pero le aterrorizaba causarle más dolor. La ira que la había impulsado unos instantes antes había dado paso ahora a una profunda culpa y desesperación.
Waylon dejó escapar un suspiro sordo y le tomó con delicadeza la mano temblorosa. «Oye, no lo hagas. No es culpa tuya. De verdad que no es para tanto». Esbozó una pequeña sonrisa, intentando parecer despreocupado. «Pasó algo al final de la misión: me alcanzó un trozo de escombro que volaba por ahí. Eso es todo».
Alexia no respondió. En su lugar, le apretó la mano con fuerza y lo guió hacia el sofá con movimientos cuidadosos. Se apresuró a coger el botiquín y se arrodilló a su lado para cambiarle el vendaje.
Al desenrollar la gasa empapada de sangre, trabajó con delicadeza, como si él fuera algo frágil e irremplazable.
Cuando por fin le quitó el vendaje, Alexia contuvo el aliento bruscamente. La herida irregular que había debajo estaba cosida de forma tosca, y la carne desgarrada aún estaba en carne viva.
Su expresión se ensombreció de dolor.
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