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Capítulo 756:
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Tras despedirse de la familia Ruiz, Alexia se metió en el coche. Waylon, sin embargo, abrió la puerta y le indicó con un gesto que se sentara en el asiento del copiloto.
Sin protestar, Alexia salió del coche y se sentó en el asiento del copiloto. Waylon arrancó el motor y preguntó: «¿Qué tal un paseo hasta la playa? El mar bajo las estrellas quizá te ayude a respirar».
Alexia dirigió la mirada hacia la ventanilla. «Hace frío y está completamente oscuro».
Waylon soltó una risita, arqueando una ceja. «Entonces no iremos».
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Pero su tono cambió de repente, revelando una tranquila determinación. «En realidad, quiero ver el mar por la noche».
Él asintió y se adentró en la oscuridad.
Para cuando llegaron a las tranquilas costas de Bymill, el mar se extendía infinitamente ante ellos como un paño de terciopelo negro. La luz de la luna bailaba sobre las olas, esparciendo fragmentos plateados que brillaban y se desvanecían con cada oleaje.
Se sentaron uno al lado del otro en una pequeña taberna junto a la playa, donde el aire salino traía consigo un leve toque de frío. La brisa jugaba con el pelo de Alexia, pero no lograba aliviar la opresión que sentía en el pecho.
A lo lejos, las olas rompían una y otra vez contra la orilla, constantes, implacables, como la respiración profunda de algún gigante invisible.
Tras un largo silencio, Alexia extendió la mano. Bajo la pálida luz de la luna, su palma parecía frágil, casi translúcida. «Dame un cigarrillo», dijo, con un tono tranquilo pero autoritario, que no dejaba lugar a la negativa.
La luz de la luna se proyectaba sobre los rasgos de Waylon, resaltando las líneas marcadas de su rostro. Él no se movió. Su mirada, profunda e indescifrable, se demoró en ella.
—No —dijo simplemente. Esa única palabra, llevada por el viento y el sonido del mar, sonó firme y definitiva.
La irritación de Alexia se avivó. La brisa le agitaba el pelo mientras se acercaba, su cuerpo rozando casi el de él. —Solo uno —insistió, extendiendo la mano hacia él.
Antes de que sus dedos pudieran tocar el paquete, la mano de él atrapó la de ella. La palma de Waylon estaba cálida y firme, su agarre lo suficientemente firme como para detener su resistencia, pero lo suficientemente suave como para no hacerle daño. «He dicho que no. No puedes fumar».
Sus palabras, enrasgadas por el viento, le rozaron la oreja como algo íntimo.
Su pulgar se movió ligeramente, recorriendo la tierna piel de su muñeca: una caricia tenue y deliberada que le provocó una sacudida.
Una ola rompió contra las rocas, resonando como un rugido amortiguado. «¿Por qué siempre eres tan mandón?», murmuró ella, intentando retirar la mano. Su voz, que al principio había sonado aguda, se suavizó como la arena que se disuelve bajo la marea.
—Sé que lo soy —dijo Waylon con una leve risa, inclinándose hacia ella hasta que su aliento le calentó la piel—. Pero si estás enfadada, busca otra forma de desahogarte. Fumar te hace daño.
Su voz era una mezcla de autoridad y calidez, que la envolvía como un abrazo silencioso.
Alexia podía sentir el calor de su piel contra la suya, el ritmo de su respiración tan cerca y, a sus espaldas, el océano infinito y susurrante.
En ese frágil momento, el cigarrillo que tanto había deseado de repente le pareció insignificante.
Apoyó la cabeza contra su hombro. «Waylon, ¿y si mi madre fuera realmente pecadora? ¿Qué debería hacer entonces?».
«Tú no eres tu madre. Tu camino no es el suyo. Además, la gente como nosotros todos cargamos con nuestros propios pecados». Una leve y irónica sonrisa se dibujó en los labios de Waylon. «¿Y quién puede juzgarnos de verdad? El mundo no es justo, ni blanco o negro. Ahora que eres Eva, tu deber siempre será proteger los intereses de tu organización. Sangre, sacrificio, pérdida… todo eso forma parte del papel. Es una verdad cruel, pero es una a la que tendrás que enfrentarte. Ese es el precio de ser Eva».
Alexia levantó la mirada hacia él. «¿Y tú? ¿Vives con la misma carga?».
«Solía hacerlo», respondió Waylon, con la mirada perdida en el horizonte. «Durante mi primer año en el extranjero, un grupo de hombres murió intentando matarme. Otro grupo murió intentando protegerme».
Alexia parpadeó, sorprendida, y durante un fugaz segundo, la lástima se reflejó en su rostro. «¿Te sentiste impotente?».
«No impotente. Solo disgustado conmigo mismo». Su voz era tranquila, casi distante. «A veces, me cuestionaba el sentido de mi vida, pero la respuesta siempre era la misma: la venganza».
Alexia soltó una pequeña risa irónica. «Y aquí estaba yo, teniendo un momento narcisista, pensando que te referías a mí».
El viento seguía soplando, trayendo consigo el aroma a sal y a luz de luna, mientras las olas rompían sin cesar contra la arena. Sin embargo, por un instante fugaz, pareció como si el mundo se hubiera quedado en silencio, dejando solo el sonido de su respiración, sus latidos entrelazándose suavemente.
Alexia apartó la mirada, sintiéndose de repente cohibida. «Solo era una broma. No te lo tomes en serio».
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