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Capítulo 720:
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Un rugido ensordecedor rasgó el cielo, transformándose en un gemido agudo y escalofriante.
Desde el horizonte surgieron dos helicópteros Apache, que se lanzaron en picado sobre el océano como espectros vengativos, irradiando una presencia amenazante.
Atónita ante aquella visión, Alexia se giró hacia Iris y el grupo, y con voz vacilante por la duda preguntó: «¿Estás segura de que han venido a recogernos?».
Iris y Ghost permanecían paralizados, con la mirada fija en las colosales máquinas de guerra que dominaban el cielo.
De repente, la ametralladora situada bajo el morro de uno de los helicópteros desató un torrente de rajas de fuego que se extendían varios metros.
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El implacable fuego de las ametralladoras seguía retumbando.
El terreno rocoso que se extendía debajo quedó pulverizado bajo el ataque despiadado.
Las rocas negras y dentadas se astillaron, desapareciendo en el mar al impactar. La metralla, los escombros y el calor abrasador se fundieron en una tormenta letal de metal, sembrando el caos sobre todo lo que había debajo.
Ghost fue el primero en reaccionar, gritando: «¡Corred! ¡Poneos a cubierto! ¡Buscad el refugio más profundo!». Pero su grito quedó ahogado por las explosiones ensordecedoras.
Levantó su rifle y descargó una ráfaga de disparos contra las bestias de hierro que tenía encima, un acto desesperado tan inútil como lanzar guijarros al cielo.
Alguien corrió hacia el yate que se balanceaba sobre las olas, solo para ser aniquilado por el fuego de los cañones, reducido a una niebla carmesí antes de que pudiera escapar un grito.
Iris agarró a Alexia por la muñeca y la arrastró a toda velocidad. «¡Muévete! ¡Te están apuntando a ti!»
Su voz sonó cortante, y sus ojos captaron cómo el aluvión de disparos se centraba en Alexia en medio del caos.
Alexia siguió a Iris a toda prisa, zambulléndose en un estrecho hueco entre unas rocas bajas mientras la metralla abrasadora le rozaba el cuero cabelludo, arrancándole mechones de pelo.
Cuando se atrevió a asomar la cabeza, un silbido agudo la paralizó: un misil Hellfire, dejando tras de sí una estela blanca como un presagio de fatalidad, se había fijado en su escondite con precisión letal.
Sus pupilas se encogieron: escapar era imposible.
El resplandor de la destrucción se reflejaba en sus ojos, mientras un frío pavor le helaba los huesos.
Aferrándose al collar que llevaba al cuello, se preparó para el final.
«¡Agáchate!».
En esa fracción de segundo, el grito de Iris, desgarrador y que le rasgaba la garganta, atravesó todo el ruido.
Haciendo caso omiso de la protección, salió disparada de detrás del flanco de la roca destrozada, desafiando la lluvia de balas. Sus movimientos eran un borrón, impulsados por una determinación temeraria, como una polilla atraída por la llama.
Sin tiempo para apartar a Alexia, Iris tomó una decisión brutal. Saltó, dando la espalda al misil que se acercaba, y utilizó su cuerpo como escudo mientras inmovilizaba a Alexia contra el suelo.
La explosión retumbó, sacudiendo la tierra, que eclipsó todas las explosiones anteriores.
Una gigantesca bola de fuego se elevó hacia el cielo, devorando todo a su paso. La onda expansiva arrasó los alrededores como el martillo de un titán invisible. Cerca de allí, Ghost salió disparado varios metros, con sangre chorreándole por la nariz y la boca.
Alexia sintió cómo una fuerza aplastante la estrellaba contra el suelo, seguida de un rugido ensordecedor y un temblor desgarrador.
Un calor abrasador le chamuscó las puntas del pelo. A continuación, un líquido cálido y metálico le salpicó la cara y la cabeza.
Durante un breve instante, el silencio envolvió el mundo.
Luchando por salir, se arrastró para liberarse de debajo del cuerpo inerte de Iris. La escena que se presentó ante ella le paralizó el corazón.
Iris yacía boca abajo sobre la tierra, con la espalda expuesta al cielo. Desde los hombros hasta la cintura, su carne estaba casi completamente destrozada, una ruina ennegrecida de huesos astillados y órganos desgarrados, un espectáculo espantoso.
La sangre brotaba como un torrente implacable, empapando el suelo chamuscado que había debajo de ella.
Aquella espantosa escena transportó la mente de Alexia de vuelta a los últimos momentos de su madre, protegiéndola de una tormenta de balas. Ahora, la misma pesadilla se repetía: la sangre caliente la empapaba mientras el cuerpo que tenía encima se enfriaba.
—¡Iris!
La voz de Alexia temblaba al volver bruscamente a la realidad; se arrodilló a su lado, dudando en darle la vuelta por miedo a agravar sus heridas mutiladas.
Al sentir el contacto de Alexia, Iris se movió levemente, aferrándose a un frágil hilo de conciencia.
Con un esfuerzo agonizante, movió la cabeza. Tenía el rostro ceniciento, desprovisto de vitalidad. Sus ojos, antes llenos de vida, ahora estaban apagados por el dolor, aunque en ellos aún parpadeaba un tenue y decidido destello.
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